Soy de Barcelona y vivo en Berlín desde hace casi dos años. No solo aprendo alemán desde que he llegado, también aprendo a hacer el ridículo cada vez que abro la boca. Incluso sin abrir la boca, hago el ridículo. Los momentos más cotidianos se han convertido en momentos de emoción y adrenalina. Os pongo algunos ejemplos:

El corazón me va a mil por hora. Mi mano está a punto de abrir la puerta de la panadería. Doy un paso y entro en la panadería. Mi corazón se acelera. No hay nadie. Veinte mil abejas y yo esperamos cerca del mostrador a la dependienta. Por fin aparece, tiemblo de miedo. Ella rompe el silencio dándome los buenos días, respondo exactamente lo mismo, si ella lo dice, es que está bien dicho. Me pregunta qué quiero. Hasta aquí perfecto. No me ha picado ninguna abeja y he entendido lo que me ha dicho la panadera. Le pregunto por un pan que veo por ahí detrás. Me responde. No entiendo nada. Pero eso no se lo digo, al contrario, asiento, me hago la entendida, digo “ahá” y le digo que me lo llevo. Me vuelvo a casa con medio kilo de pan bajo el brazo, y otro medio kilo de frustración en el alma.

Me voy al bar a trabajar. Uno de los clientes habituales me empieza a hablar sobre una enfermedad que tiene, los dos primeros minutos bien, controlo la situación, entiendo más o menos lo que dice. Sigue hablando, me he perdido. Quiero decirle que me repita lo que me ha dicho, pero no encuentro el momento. Sigue hablando, sigue hablando, hace diez minutos que no entiendo nada de lo que me está contando y creo que es demasiado tarde para informarle de que hace diez minutos he dejado de entenderlo. En un momento dado, supongo que por la cara de póker que pongo, me pregunta con la frente arrugada y cara de sospecha si lo estoy entendiendo. Ahora podría ser el momento indicado para decirle que no, que no he entendido nada sobre su desgracia, que me parece que me habla en el idioma de otro planeta. Pero soy cobarde, y le digo “síííí, claro”, incluso pongo cara de arrogancia. Sigue hablando, entiendo una palabra de las 200 que lleva habladas. La palabra es “catástrofe”. Dios, me está confesando su desesperación. Que termine este tormento, por favor. Y si puede ser, que no termine en pregunta.

Por fin, acaba de hablar. Digo que sí con la cabeza, digo que no con la cabeza (alguna de las dos quedará bien). Miro para abajo como queriendo decir “tu catástrofe es una desgracia” y me quedo callada esperando que sí, que su catástrofe sea una desgracia y que no se note que no he entendido absolutamente nada. Vuelvo detrás de la barra. Me sirvo una cerveza y me la bebo rápido, para que baje la frustración que se ha quedado atascada en mi garganta.

Tengo médico. Termina la visita. Mi salud bien (o eso creo). El médico me da la mano para despedirse y me pregunta si estoy aquí en fin de año. ¿Por qué coño me pregunta el médico si estoy aquí en fin de año? Le respondo que sí, que en Navidad voy a Barcelona pero que el fin de año lo paso aquí. Muy bien. Muy bien es lo que debe pensar él, muy bien y a mí qué me cuentas. Cuando estoy a punto de subir a la bici lo entiendo. ¡Nooooo!, no me ha preguntado si estoy aquí en fin de año, me ha dicho que ya no nos veremos hasta después de fin de año y que por eso me felicita las fiestas. Qué bien, lo he entendido, pero diez minutos más tarde, mierda. Preferiría no haber entendido. Viviría feliz en mi ignorancia sin pensar en el ridículo que he hecho. Mi frustración y yo nos montamos en la bici y volvemos juntas, como siempre, como las mejores amigas, hacia casa.

Estoy en el bar con algunos alemanes y una amiga que habla menos alemán que yo (que ya es decir). Uno de ellos me dice una palabra que no entiendo. “¿Qué?” le pregunto para que repita. Repite la palabra. Sigo sin entender. Le vuelvo a preguntar “¿Cómo?” Me repite la palabra. No la he entendido, pero me da no sé qué decirle por tercera vez que lo repita, así que le digo “ah, sííí, es verdad” y hago ver que lo he entendido. De golpe surge detrás de mí una voz, es la voz de mi amiga, la que habla menos alemán que yo. Me pregunta algo, me pregunta algo en voz alta: “¿qué quiere decir xxxxxx?” Tierra trágame, cómo salgo de esta. Ahora mi interlocutor sabrá que yo sé, que él sabe que yo no sé. “Pregúntaselo a él”, le digo a mi amiga y hago un brindis para disimular la vergüenza.

Estas y otras 500 situaciones son las que vivo en mi día a día con un idioma que no es el mío. Y me ahorro contaros las situaciones más delicadas, aquellas en las que la frustración y la vergüenza me dan una palmadita en la espalda y me dicen “muy bien, maja, muy bien”.

¡Léeme este artículo!

Más artículos de esta edición

Soy de Barcelona, vivo en Berlín y desde hace casi dos años aprendo alemán y hago el ridículo cuando hablo. Los momentos más cotidianos se han convertido en momentos de emoción y adrenalina. Os pongo algunos ejemplos:

Mi mano está a punto de abrir la puerta de la panadería. Mi corazón se acelera. No hay nadie. Espero cerca del mostrador a la dependienta. Tiemblo de miedo. Ella me da los buenos días y yo respondo igual. Me pregunta qué quiero. Hasta aquí perfecto, la he entendido. Le pregunto por un pan. Me responde. No entiendo nada. Le digo “ahá” y lo compro. Me vuelvo a casa con medio kilo de pan y medio kilo de frustración.

Me voy al bar a trabajar. Uno de los clientes habituales me empieza a hablar sobre una enfermedad, los dos primeros minutos bien, controlo la situación, entiendo más o menos. Habla más, me he perdido. Habla más, y más, llevo diez minutos sin entender nada y es demasiado tarde para decirle: llevo diez minutos sin entender nada. En cierto momento me pregunta si lo entiendo. Soy cobarde y le digo “síííí, claro”. Habla más, entiendo una palabra de 200.

Por fin, acaba de hablar. Digo sí y no con la cabeza (alguna debe quedar bien). Miro para abajo y me quedo callada. Vuelvo detrás de la barra. Me sirvo una cerveza y me la bebo rápido, para intentar evitar la frustración.

Tengo médico. Termina la visita. Mi salud bien (o eso creo). El médico me da la mano para despedirse y me pregunta si estoy aquí en fin de año. ¿Por qué coño me pregunta el médico si estoy aquí en fin de año? “Sí, en Navidad voy a Barcelona pero  fin de año lo paso aquí”. Muy bien. Cuando voy a subir a la bici lo entiendo. ¡Nooooo!, no me ha preguntado si estoy aquí en fin de año: no nos vemos hasta después de fin de año y por eso me felicita las fiestas. Qué bien, lo he entendido, pero diez minutos más tarde, mierda. Mi frustración y yo nos montamos en la bici y volvemos juntas, como siempre, como las mejores amigas, hacia casa.

Estoy en el bar con algunos alemanes y una amiga (ella sabe menos alemán que yo). Uno de ellos me habla pero no lo entiendo. “¿Qué?” le pregunto. Repite la palabra. Sigo sin entender. Le vuelvo a preguntar “¿Cómo?” Me repite la palabra. No la he entendido, pero le digo “ah, sííí, es verdad”. Escucho detrás de mí una voz, es la voz de mi amiga. Me pregunta algo, me pregunta algo en voz alta: “¿qué quiere decir xxxxxx?”. Mierda, van a descubrirme. “Pregúntaselo a él”, le digo a mi amiga y hago un brindis para disimular la vergüenza.

Estas y otras 500 situaciones son rutina con un idioma que no es el mío. Y prefiero no contaros las situaciones más delicadas, cuando la frustración y la vergüenza se unen y me dicen “muy bien, maja, muy bien”.

¡Léeme este artículo!

Quiz: Aprender alemán, emoción y adrenalina

¿Has entendido bien el artículo?

¡Compruébalo ahora! El nivel de este cuestionario es intermedio.