Cuando pensamos en nuestros bisabuelos, seguramente nos viene a la cabeza un huerto casero en el patio de una casa en el campo. Un domingo por la mañana, uno de los dos parientes planta una tomatera y, cuando los tomates han madurado, los echa a la ensalada y con un poco de aceite y sal, ¡a comer! Seguramente ninguno de nuestros antepasados utilizaba productos químicos ni sintéticos para mantener los tomates más bonitos, ni para alargar su fecha de caducidad. Los alimentos eran más naturales, sanos y nutritivos.

El mercado de alimentos actual es algo diferente. La producción en masa y la globalización dificultan saber de dónde vienen los productos que cocinamos. En  los últimos años, agricultores y consumidores se han sumado al consumo ecológico para combatir este problema. Cada vez es más habitual ver estantes con productos biológicos en los supermercados de todos los rincones del mundo. No solo con productos alimenticios, también de higiene, limpieza e incluso cosméticos sin colorantes.

Los diferentes métodos de cultivo

El proceso transformador de una semilla desde que el agricultor la planta en un campo, hasta que llega en forma de hortaliza o de fruta a nuestro plato, es largo y complejo. ¿De dónde salen esos tomates, pepinos y lechugas? ¿Quién los ha plantado? Y aún más importante, ¿cómo los han plantado?

Existen distintos métodos de agricultura, como por ejemplo la tradicional, la industrial, la natural o la orgánica. Las más conocidas son la agricultura industrial y, en menor medida pero en auge, también la orgánica. La industrial es aquella basada en sistemas de cultivo intensivos. Este método produce grandes cantidades de alimentos a gran escala, y los traslada a todos los rincones del mundo en grandes cantidades. La mayoría de veces, haciendo uso de productos químicos.

La agricultura ecológica, también llamada orgánica o biológica, no utiliza productos químicos de síntesis, como fertilizantes, plaguicidas o antibióticos, ni organismos genéticamente modificados. Además, respeta las estaciones del año, la fertilidad del suelo y las especies vegetales y animales. Uno de los primeros países en aplicar la agricultura biológica y pionero en la venta y consumo de estos productos es Alemania. Ahora el modelo ya se ha extendido por toda la Unión Europea, y tiene grandes perspectivas de crecimiento, sobre todo por las ayudas que recibe por parte de la UE.

Un paso más allá: la agricultura biodinámica

Quizá menos conocida, pero igualmente interesante, es la agricultura biodinámica. Este tipo de cultivo trabaja a partir de energías. Considera que hay influencias astronómicas en el desarrollo del suelo y que estas influyen en el cultivo de la planta. Por ejemplo, contempla las distintas fases de la luna. La agricultura biodinámica se diferencia de otros tipos de agricultura ecológica por el uso de preparados vegetales y minerales para sembrar el terreno. También utiliza un calendario de siembra basado en el movimiento de los astros. El grupo privado Demeter es el encargado de certificar a nivel mundial los productos producidos con esta metodología.

España, último en el consumo de productos ecológicos

Según el último estudio de la Comisión Europea sobre la agricultura ecológica, en España solo el 2% de la población consume alimentos biológicos. Esta cantidad está muy por debajo de la media europea. Un dato curioso es que, a día de hoy, España es el noveno productor mundial de alimentos ecológicos y también el país que mayor superficie y número de productores tiene dentro de la Unión Europea. La diferencia del precio entre los alimentos ecológicos y los convencionales es todavía elevada, y por eso mucha gente prefiere los convencionales. El estudio también dice que entre los más concienciados con la agricultura ecológica están los jóvenes. Pero no está tan claro si los jóvenes españoles se pueden permitir comprar productos más sanos, más sabrosos y más sostenibles con el medio ambiente en una España todavía en crisis con un paro juvenil de aproximadamente el 50%.

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Sara Stigge
Es nacida en una ciudad cerca de Barcelona y tiene raíces alemanas. Es licenciada en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona y ha cursado parte de sus estudios en la Universität der Künste Berlin. Compagina su trabajo de periodista entre Alemania y Barcelona, y asegura tener el corazón dividido. Es una apasionada de la vida nómada, las aventuras y la diversidad cultural. Además, le encanta la danza. No os extrañe si un día la veis con un micrófono en la mano y unas zapatillas de ballet colgando de los hombros.