Desde que somos chicos nos meten en la cabeza la importancia del agua. Que si estamos formados por un 80% de agua, que si hay que beber dos litros de agua al día, que si antiguamente las poblaciones siempre se fundaban junto a ríos, lagos o en la costa, que si la lluvia es necesaria para limpiar el ambiente y fundamental en las labores agrícolas y ganaderas… y un sinfín más de virtudes.

Hay gente que se toma lo de los dos litros de agua al día muy en serio. Mi madre, sin ir más lejos, cada vez que entra o sale de casa se bebe un vaso de agua, además de lo que le apetezca beber durante el día. Claro, después se pasa más tiempo en el baño que haciendo vida normal.

La fusión de las dos partículas de hidrógeno con una de oxígeno es imprescindible para la vida; es incuestionable. Pero no solo recibimos dones del líquido elemento. Cualquier exceso es malo, nos dicen también desde chicos, y si bebes agua de una forma desmesurada te puede dar un cólico. No es ningún secreto que, si llueve mucho, las inundaciones pueden hacer estragos en ciudades, pueblos, pueden destruir carreteras y acabar con vidas humanas y animales, además de echar a perder cultivos enteros. Cerca de mi ciudad, Cádiz, en Andalucía, hay otra ciudad que se llama Jerez de la Frontera. Todos los años sufre graves inundaciones que provocan daños materiales y a veces, por desgracia, humanos.

Pero me falta por hablar de la devastadora fuente de desastres que es la mayor reserva de agua del planeta: los mares y océanos.

El principal fenómeno destructivo proveniente de estos lugares son los maremotos, últimamente llamados tsunamis. Y esto no es un fenómeno exclusivo del océano Pacífico, ni mucho menos. En Europa tuvimos uno que se acercó en número de muertos a aquel tan fuerte de Tailandia. En el de 2004 murieron alrededor de 144.000 personas, en el famoso terremoto de Lisboa, que afectó a toda la costa oeste de la península Ibérica, murieron alrededor de 110.000, aunque probablemente fueran más. Es difícil reconstruir los datos.

Este maremoto afectó sobre todo a la ciudad de Lisboa, que de 300.000 habitantes pasó a tener menos de 200.000. Además, la ciudad quedó prácticamente en ruinas y tuvo que ser reconstruida. Actualmente quedan muchas muestras del terremoto en el perfil de la ciudad. Pero muchos otros lugares se vieron afectados por la brutal fuerza del mar y la tierra conjuntos. En España, la peor parte se la llevó Andalucía occidental, la costa atlántica de Cádiz y Huelva.

En la ciudad de Cádiz hay una leyenda relacionada. Las aguas empezaban a llegar a los barrios interiores de la localidad hasta que un fraile, que salió a la puerta de la iglesia de la Palma, con un estandarte de la Virgen de esta misma advocación, con un rosario en la mano, dijo: “Hasta aquí, madre mía”; y en el momento las aguas empezaron a ceder ante sus ojos y la gratitud de los ciudadanos.

Otra faceta del poder destructivo del agua se da en forma de lluvia, y no hay mejor ejemplo que el fenómeno de El Niño. Afecta a prácticamente toda la vertiente oriental del continente sudamericano desde Guatemala hasta Chile, y puede llegar hasta la zona oriental de Brasil. La periodicidad, aunque varía bastante, suele establecerse en alrededor de cada 50 años. Los efectos son catastróficos, desde acumulaciones desmesuradas de pluviosidad, que anegan comunicaciones, infraestructuras, cultivos, aniquilan el ganado y hacen perder los cultivos; hasta carestía absoluta de estas, lo que provoca situaciones similares con consecuencias parecidas.

El más cercano, que muchos recordaréis, fue el del año 1997, que fue, además, más amplio de lo normal. La zona norte de la costa pacífica de México sufrió bajadas de temperatura y lluvias inusuales. Incluso las corrientes marinas de California se alteraron.

Viendo que el agua es la que nos da la vida y la que tan fácil puede quitárnosla, en determinadas ocasiones al menos, es normal que desde que somos humanos identifiquemos a la naturaleza como algo divino. Y quizá sea lo más parecido al concepto de Dios cuya existencia sea indiscutible.

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Cuando somos pequeños nos hablan de la importancia del agua. Somos un 80% agua, es necesario beber dos litros de agua al día, las ciudades y pueblos están junto a ríos, lagos o en la costa, la lluvia es necesaria para limpiar el ambiente y fundamental en las labores agrícolas y ganaderas… y más virtudes.

El agua es imprescindible para la vida; es incuestionable. Pero cualquier exceso es malo, nos dicen también desde pequeños, y si bebes muchísima agua puedes sufrir un cólico, si llueve mucho, las inundaciones pueden destruir ciudades, pueblos, carreteras y acabar con vidas humanas y animales, además de dañar cultivos enteros. Cerca de mi ciudad, Cádiz, en Andalucía, hay otra ciudad llamada Jerez de la Frontera. Todos los años sufre graves inundaciones, estas provocan daños materiales y a veces humanos.

Y los mares y océanos son, también, grandes fuentes de destrucción, principalmente por los maremotos o tsunamis. En Europa tuvimos uno cercano en número de muertos al tsunami de Tailandia. En el de 2004 murieron alrededor de 144.000 personas, en el famoso terremoto de Lisboa murieron alrededor de 110.000, aunque probablemente la cifra era mayor. Es difícil reconstruir los datos.

Este maremoto afectó sobre todo a la ciudad de Lisboa: de 300.000 habitantes pasó a tener menos de 200.000. Además, la ciudad quedó en ruinas y tuvo que ser reconstruida. Actualmente quedan muchas muestras del terremoto en la ciudad. Pero el maremoto llegó a toda la costa oeste de la península. En España, la peor parte se la llevó Andalucía occidental, la costa atlántica de Cádiz y Huelva.

En la ciudad de Cádiz hay una leyenda relacionada. Las aguas empezaban a llegar a los barrios interiores de la localidad. Entonces un fraile, en la puerta de la iglesia de la Palma y con un estandarte de la Virgen, con un rosario en la mano, dijo: “Hasta aquí, madre mía”; y en el momento las aguas empezaron a ceder ante sus ojos.

También la lluvia puede ser peligrosa, como en el fenómeno de El Niño. Afecta a prácticamente toda la vertiente oriental del continente americano desde Guatemala hasta Chile, y puede llegar hasta la zona oriental de Brasil. Suele ocurrir cada 50 años. Los efectos son catastróficos, desde excesiva pluviosidad hasta carestía absoluta de estas.

El más cercano fue el del año 1997. La zona norte de la costa pacífica de México sufrió bajadas de temperatura y lluvias inusuales. Incluso las corrientes marinas de California se alteraron.

Desde siempre los humanos identificamos a la naturaleza como algo divino. Y quizá es el único dios con existencia demostrable.

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Bernardo Ríos
Nació en Cádiz, una pequeña ciudad en Andalucía, en el sur de España. Estudió Filología Románica en Salamanca. Estuvo un año enseñando español en Singapur y ahora vive en Madrid, ciudad que le apasiona. Le gusta conocer otras culturas, la historia, el arte, la literatura y los idiomas. Ahora trabaja en una academia de español en Madrid.