Llevad a cabo un ejercicio de historia-ficción: Alemania gobernada durante 36 años por Hitler, o el mismo tiempo, Italia gobernada por Mussolini. Pensad en lo traumático que es para un país casi cuarenta años de infame gobierno fascista. Pues eso nos tocó vivir a los españoles. La dictadura del general Francisco Franco mantuvo durante más de un tercio de siglo a los españoles privados de libertad de prensa, de reunión, de opinión, a los niños dogmatizados en las escuelas, a las niñas aprendiendo a coser, a los artistas censurados, a las mujeres atadas a sus padres primero y esposos después, al país entero oprimido en una rancia cultura oficial, a vascos, catalanes, gallegos, navarros, valencianos y baleares con sus lenguas prohibidas y perseguidas, a los homosexuales en las cárceles, a las feministas repudiadas, a la población entera engañada y a la sociedad atrasada.

La dictadura de Franco era católica, fascista y nacionalista, y él mismo se nombró Caudillo de España, imitando los extraños títulos que habían adoptado sus compañeros ideológicos: Hitler (Führer) y Mussolini (Duce). Como ellos, Franco ostentó la omnipotencia del Estado; él, y nadie más que él, acumulaba todos los poderes del gobierno del país. Nunca nadie, jamás en la historia de España, abarcó tanto, ni siquiera los reyes absolutistas. De hecho, nunca firmó ningún tipo de constitución o norma básica por la que regirse hasta casi el final de su mandato: no quería delimitar su autoridad.

Su ideología se basaba en un profundo antiliberalismo, un odio casi enfermizo a cualquier idea democrática acompañada, durante los primeros años, de un rechazo al capitalismo y al mercado. Sentía un odio visceral al comunismo, y los que compartían esta ideología, junto con los masones (que siempre han sido librepensadores; libres y pensadores, características enemigas de la dictadura), fueron los grandes perseguidos del Régimen, sufriendo brutales torturas cuando no eran directamente fusilados. Esta aversión es comparable a lo que demostró el régimen nazi con el judaísmo. Franco sentía repulsión también por los judíos, pero en España hacía muchos siglos que habían sido expulsados, así que no tuvo que matarlos. Vista la reacción contra sus oponentes, tampoco le hubiera importa mucho hacerlo. Se exaltaba el nacionalismo, que consideraba como separatista y extremista cualquier idea diferente, aunque no lo fuera en absoluto. El catolicismo formaba parte integrante no solo del Régimen, sino también de su ideario; tanto es así, que se hablaba del nacionalcatolicismo como sustento de la filosofía de la que bebía el sistema. Dios y patria. El Opus Dei fue uno de los grandes aliados del sistema. El clero volvió a controlar la vida social, y las reformas progresistas de la Segunda República cedieron el terreno a un conservadurismo tradicional de marcado carácter reaccionario: se suprimieron las leyes del divorcio, los cementerios civiles, la coeducación, la educación laica, etc. Los curas, así, volvían a tener el poder en España, cuando ya hacía más de cien años que habían sido apartados de él.

Para que os hagáis una idea, si eras una sola de estas cosas: ateo, comunista, anarquista, demócrata (de derechas o izquierdas, daba igual), creías en un estado laico o en la división de poderes, o cualquier cosa que hoy en día consideramos básico, podías acabar encarcelado. La mujer tenía que estar tutelada por un hombre, necesitaba su permiso para trabajar, para abrir una cuenta bancaria, y en la preparación para el matrimonio se le indicaba cómo y cuánto tenía que gemir durante el acto sexual para demostrar su placer sin parecer una puta, además de aconsejarle que nunca lo rechazara; su deber como esposa era pensar en la satisfacción de su esposo, no en la suya.

Pero el franquismo, integrismo religioso en toda regla, no fue una ruptura, sino más bien la consecuencia de una amalgama de varias corrientes existentes que el Caudillo se preocupó mucho de reunir en el nacionalcatolicismo. Estas corrientes ideológicas, además, llevaban décadas, algunas incluso más de un siglo, coexistiendo en el país. La dictadura no fue más que la victoria de una de las dos Españas, eternas e irreconciliables enemigas desde la Guerra de Independencia contra Napoleón de principios del siglo XIX. Después de echar a los franceses del país, los españoles se dividieron en conservadores y liberales, con ideas muy distintas de lo que era el país y lo que le convenía. Esa tradición, como un auténtico veneno, continúa, con mucho y polémico debate intelectual, hoy día. Franco quiso terminar con las dos Españas imponiendo una y matando a la otra, pero no lo consiguió. Un ejemplo de estas dos Españas es la situación política actual; año 2016, tras nueve meses sin gobierno, los partidos políticos españoles siguen siendo incapaces de llegar a un acuerdo. Esto no es más que el reflejo de las profundas discrepancias entre una de las ideologías más progresistas de Europa frente a su antagonista, una de las derechas más tradicionales, reaccionarias y conservadoras. Siempre hemos sido y seremos, parece que está en nuestro ADN, un país de extremos, que no ve más que debilidad en la virtud del término medio.

Cuando acabó la Guerra Civil, Franco inició un elaborado plan propagandístico. Él sería el soberano por la gracia de Dios, un elegido, un cruzado para librar a España del mal de la democracia e imponer su mano divina de justicia y orden para arrancar de raíz el virus de la masonería y el comunismo. Tomó los símbolos de los reyes más grandes de la época gloriosa del Imperio Español y se los apropió: el yugo y las flechas (que ya usaba la Falange Española, más adelante hablaré de este partido), utilizados por los Reyes Católicos por representar sus iniciales (Ysabel y Fernando), el águila de San Juan, también de estos monarcas, y revivió, como gran amante de Felipe II que era (el gran rey en cuyo imperio nunca se ponía el sol), el estilo herreriano, variante del Renacimiento en España en que se construyó el Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial. Ejemplos de este estilo es el edificio España de Madrid, aunque está presente en absolutamente todas las capitales de provincia españolas. El grueso de los españoles, poco estudioso de su historia, ignora el uso secular de estos símbolos y los cree exclusivamente franquistas. Una lástima.

Franco prohibió todos los partidos políticos excepto uno: Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, o, más breve, FE de la JONS. Este partido político nació en 1934 de la fusión de otros dos de ideología similar, que se inspiraban en el fascismo italiano: Ofensiva Nacional-Sindicalista y Falange Española. Durante la Segunda República consiguió poco apoyo popular, pero jugó un papel importante con actos violentos y desestabilizadores, además de varias conspiraciones contra el gobierno legítimo de la República. Después de la guerra, estos partidos se encontraban en un momento de crisis que Franco aprovechó para unificarlos con el movimiento carlista (interesantísimo, pero para el que no hay espacio. Rápidamente: siempre fue un partido de Dios, Rey y patria y actualmente siguen existiendo, pero son comunistas).

Tan importante como la FE de la JONS y la Iglesia Católica fue el ejército, sobre todo en su primera etapa de gobierno. Así, en los primeros años casi la mitad de las personas que dirigían el país eran militares.

Desde el 39 hasta el 59, el Régimen se preocupó por su consolidación. Fue adoptando cada vez más la fórmula del fascismo italiano en el plano interno mientras se sumergía en la autarquía. España estaba, durante los años cuarenta y cincuenta, sola, a excepción del también fascista Portugal. En esta etapa, además, se llevó a cabo la gran represión del Régimen: campos de concentración, fusilamientos, encarcelamientos, torturas… Se calcula que 273 personas perdieron la vida al día entre 1940 y 1942. La cifra es espeluznante. Aunque simpatizó con los regímenes totalitarios italiano y alemán, Franco tomó una buena decisión: España estaba hundida y no podía participar en la Segunda Guerra Mundial. Así, en una reunión que mantuvo con el Führer, Franco rechazó unirse a los países del Eje, pero prometió ayudarle en una campaña contra la Rusia comunista. Más de 50.000 soldados españoles lucharon bajo el mando de Hitler, principalmente en el sitio de Leningrado. En el ámbito social, destacaban las cartillas de racionamiento de alimentos, surgidas a causa de la escasez de comida que había dejado la guerra. Estas cartillas no satisfacían las necesidades de productos básicos, y dieron lugar al desarrollo de la corrupción y el mercado negro.

La segunda etapa del Régimen fue, en cierto modo, una asunción de su fracaso económico. Alrededor del año 59 la economía española estaba al borde del abismo. Se ideó un plan de choque para regenerarla y cambiar radicalmente el modelo, que consistía, básicamente, en adentrarse en el mercado capitalista. Se habla de la “paradoja franquista” cuando Franco acabó acatando uno de los conceptos contra los que empezó luchando: el capitalismo liberal que impulsó la Segunda República. Entre 1960 y 1973, el crecimiento económico anual se mantuvo por encima del 7%, llegándose a hablar del “milagro económico español”. Este milagro en realidad fue corolario al crecimiento sin precedentes de la economía en toda Europa y el mundo capitalista en general. La sociedad española se acercaba cada vez más a sus vecinas europeas, y disfrutaba del ocio y el consumismo. Además, en política exterior, el mundo occidental vio con buenos ojos el antimarxismo franquista, por lo que los pactos y las buenas relaciones con los estados del entorno se sucedieron. Franco se hacía mayor, y la sociedad más culta. Ante el aperturismo y los primeros síntomas de flaqueza del dictador, empezaron a surgir nuevos “problemas”: el nacionalismo catalán y, sobre todo, vasco, con el surgimiento de la banda terrorista ETA. Los movimientos cada vez más numerosos estudiantiles y culturales, que se rebelaban en las calles en contra de la dictadura demandando democracia y recibían el apoyo de movimientos extranjeros e influencia foránea gracias a la llegada del turismo (algo tan simple como el biquini fue una auténtica revolución). España se veía ahora con recursos, pero sin libertad y atrasada, y tenía muchas ganas de ser moderna, como después demostró la Movida Madrileña (esto es para otro artículo).

Con la Transición (1975-1982) se termina la dictadura franquista, pero, ¿acaba el franquismo? El general designó como jefe de Estado a Juan Carlos I con el título de Rey de España. El jefe del Estado designado por el fascista no rompió con el régimen, sino que lo respetó en el proceso de transformación. Juan Carlos I terminó con el franquismo, sí, pero acatando sus normas y desde un sistema dictatorial que él asumió y nunca condenó. Uno de los grandes problemas políticos actuales de España es la amnistía al franquismo, principal tema de debate entre las dos Españas. Nadie pagó por la represión, por las víctimas, por las torturas. Es más, muchas personas que habían condenado a muerte a sus compatriotas mantuvieron sus posiciones de poder. El caso más famoso fue el de Manuel Fraga, ministro de Franco durante muchos años, que fundó el Partido Popular y fue presidente de Galicia durante varias legislaturas. Él, un opresor, un represor, un fascista, ahora es honrado como uno de los padres de la Constitución. Ignominioso. El Partido Popular se niega a desenterrar a los muertos de la República, y muchas familias que tienen enterrados en fosas comunes a sus padres, primos, abuelos, tíos y hermanos, hombres y mujeres, aún no han conseguido que se haga justicia. España es el segundo país del mundo, después de Camboya, con más muertos sin identificar, con más fosas comunes, y el partido que gobierna actualmente nuestro país dice, simplemente, que hay que olvidar el pasado y pasar página. Las hemerotecas están repletas de políticos del PP que se niegan a condenar el Régimen, incluso no pocos casos en los que lo alaban.

Pero no solo el Partido Popular se nutrió de franquistas. La poderosa burguesía catalana se sintió más que cómoda en un régimen que le ofrecía continuamente sobornos a cambio de su apoyo (la corrupción fue un método usado frecuentemente por Franco y sus ministros para hacer amigos, tal como siguen haciendo nuestros políticos hoy), así pudieron desarrollar sus negocios sin ningún impedimento y ocupar puestos prominentes en la administración. Actualmente, los que quedan y sus descendientes siguen siendo nacionalistas, pero ahora votan a un partido independentista (Partit Demòcrata Català, Partido Demócrata Catalán). No importa ser nacionalista, español o catalán, su patria son los beneficios económicos. La burguesía catalana era la más influyente de la época, pero ocurrió lo mismo en otras zonas, como Castilla, País Vasco o entre los famosos señoritos (grandes terratenientes) andaluces.

Es cierto que el bando republicano reunió a tendencias autoritarias de izquierda, como podían ser los comunistas y los anarquistas, pero incluso durante la guerra, la toma de decisiones nunca dejó de ser democrática, teniendo aquellos su voz dentro de un sistema parlamentario como cualquier otro. Es cierto, también, que la República fusiló y fue opresora durante la guerra, pero he ahí la clave: durante una guerra. ¿Qué bando en qué guerra de la historia de la humanidad ha dado un buen trato a sus enemigos? Los represaliados por la República, por otra parte, se buscaron y se enterraron dignamente, con honores de Estado. Es de justicia hacer lo mismo con los perdedores.

Negrín, el presidente de la República durante la guerra, siempre esperó la ayuda de los aliados, por considerar que las democracias tenían que unirse frente a la tiranía; esperanza que se perdió cuando Reino Unido y Francia decidieron abandonar Checoslovaquia a los nazis en los Acuerdos de Múnich (estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros); acuerdos que dejaban, también, a su aliada demócrata, la Segunda República Española, gobierno legítimo de los españoles, en manos de un dictador fascista que sería su mayor tormento durante más de un tercio de siglo. Pero de la guerra hablaré en otro artículo.

Desangrándose a sí misma e ignorada por sus aliados, España cayó.

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Vamos a imaginar Alemania gobernada durante 36 años por Hitler, o Italia por Mussolini. Qué trauma, ¿verdad? Pues eso vivimos los españoles. La dictadura del general Francisco Franco nos privó de libertad, tuvo a los niños y niñas dogmatizados en las escuelas, a los artistas censurados, a las mujeres atadas a sus padres primero y esposos después, al país entero oprimido en la cultura oficial, a vascos, catalanes, gallegos, navarros, valencianos y baleares con sus lenguas prohibidas y perseguidas, a los homosexuales en las cárceles, a las feministas repudiadas, a la población entera engañada y a la sociedad atrasada.

Franco se nombró Caudillo de España, como sus compañeros ideológicos: Hitler (Führer) y Mussolini (Duce). Acumuló todo el poder del Estado, más que los reyes absolutistas. Él decidía todo.

Su ideología era antiliberal, antidemocrática y anticapitalista. Odiaba a los comunistas y masones. Los dos pilares del sistema fueron el nacionalismo y la religión: él lo llamaba el nacionalcatolicismo. La Iglesia controlaba la vida social: se suprimieron las leyes del divorcio, los cementerios civiles, la educación laica, etc.

La mujer dependía del hombre, necesitaba su permiso para trabajar o para abrir una cuenta bancaria, y en la preparación para el matrimonio aprendía cómo y cuánto gemir durante el acto sexual para demostrar placer y no parecer una puta.

Prohibió todos los partidos políticos excepto la Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (FE de la JONS). Este partido se inspiraba en el fascismo italiano. Durante la Segunda República consiguió poco apoyo popular, pero fue importante por sus actos violentos, además de conspirar contra el gobierno legítimo de la República.

También el ejército fue muy importante. En los primeros años casi la mitad de puestos públicos eran militares.

Desde el 39 hasta el 59, el Régimen se preocupó por su consolidación fascista y autárquica. España estaba sola. En esta etapa fue la gran represión: campos de concentración, fusilamientos, encarcelamientos, torturas… 273 personas morían cada día entre 1940 y 1942. Aunque simpatizó con los regímenes totalitarios italiano y alemán, Franco tomó una buena decisión: no participar en la Segunda Guerra Mundial; pero en una reunión con el Führer prometió ayudarle en una campaña contra la Rusia comunista. Más de 50.000 soldados españoles lucharon en el sitio de Leningrado. En el ámbito social surgieron las cartillas de racionamiento a causa de la falta de comida. Estas cartillas no eran suficientes, y la corrupción y el mercado negro crecieron mucho.

La segunda etapa del Régimen aceptó su fracaso económico. Alrededor del año 59 la economía española era un desastre y, entonces, decidieron adaptarse al capitalismo de la Segunda República. Entre 1960 y 1973, el crecimiento económico estuvo por encima del 7%, era el llamado “milagro económico español”. En realidad no hubo milagro: todo el mundo capitalista creció en esos tiempos. La sociedad española disfrutaba ahora del ocio y el consumismo. Además, en política exterior, se firmaron pactos y había buenas relaciones con los países vecinos. Pero la sociedad era más culta y nacieron nuevos “problemas”: el nacionalismo catalán y, sobre todo, vasco, con el surgimiento de la banda terrorista ETA; y los movimientos estudiantiles y culturales, lanzados hacia las calles en contra de la dictadura y a favor de la democracia. España tenía recursos, pero no libertad, y quería ser moderna.

Con la Transición (1975-1982) termina la dictadura, pero, ¿acaba el franquismo? El general nombró jefe de Estado a Juan Carlos I. Él no rompió con el régimen, lo respetó en el proceso de transformación hacia la democracia. Juan Carlos I terminó con la dictadura, sí, pero aceptó sus normas y nunca la condenó. La amnistía al franquismo es un problema político actual, principal tema de debate entre las dos Españas (la conservadora y la progresista). Nadie pagó por la represión, por las víctimas, por las torturas. Muchas personas del Régimen mantuvieron sus posiciones de poder. El caso más famoso fue Manuel Fraga, ministro de Franco durante muchos años; fundó el Partido Popular y fue presidente de Galicia durante varias legislaturas. Él, un opresor, un represor, un fascista, es uno de los padres de la Constitución. El Partido Popular no quiere desenterrar a los muertos de la República, y muchas familias tienen enterrados en fosas comunes a sus padres, primos, abuelos, tíos y hermanos, hombres y mujeres. Aún no han conseguido justicia. España es el segundo país del mundo, después de Camboya, con más muertos sin identificar, con más fosas comunes, y el partido en el gobierno de nuestro país piensa, simplemente, que debemos olvidar el pasado. Algunos políticos del PP han hablado bien de la dictadura en épocas recientes.

Pero no solo hay franquistas en el Partido Popular. La poderosa burguesía catalana se sintió
cómoda en un régimen beneficioso para sus intereses. Actualmente, ellos y sus descendientes votan a un partido independentista (Partit Demòcrata Català, Partido Demócrata Catalán). No importa ser nacionalista, español o catalán; su patria es el dinero. La burguesía catalana era la más importante, pero ocurrió igual en otras zonas, como Castilla, País Vasco o entre los famosos señoritos (grandes terratenientes) andaluces.

El bando republicano también reunió a tendencias autoritarias de izquierda, los comunistas y los anarquistas; pero las decisiones siempre se tomaban democráticamente, y tenían su voz dentro de un sistema parlamentario como ahora. También es cierto, la República fusiló y fue opresora durante la guerra, pero aquí está la clave: durante una guerra. ¿En qué guerra de la historia de la humanidad alguien ha sido bueno con sus enemigos? Los enemigos la República se enterraron dignamente, con honores de Estado. Es de justicia hacer igual con los perdedores.

Negrín, el presidente de la República durante la guerra, esperaba la ayuda de Reino Unido y Francia, pero estos abandonaron a la Segunda República Española, gobierno legítimo de los españoles, en manos de un dictador fascista.

Desangrada e ignorada por sus aliados, España cayó.

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Bernardo Ríos
Nació en Cádiz, una pequeña ciudad en Andalucía, en el sur de España. Estudió Filología Románica en Salamanca. Estuvo un año enseñando español en Singapur y ahora vive en Madrid, ciudad que le apasiona. Le gusta conocer otras culturas, la historia, el arte, la literatura y los idiomas. Ahora trabaja en una academia de español en Madrid.