Dejé de fumar porros porque me daban hambre.

No me preocupaba que me dejasen idiota. No me preocupaba reír en mitad de una conversación seria. No me preocupaba olvidar de qué hablaba en mitad de una frase. No me preocupaba reír a cámara lenta, por pura inercia. No me importaba hacer teorías raras raras y pensar que había tenido la idea del año. No me preocupaba que las dos neuronas que me quedasen fueran Beavis & Butthead.

Nada de eso.

Lo que me preocupaba de los porros, era el hambre que me daban.

Hambre voraz y sin criterio.

Voraz, porque podía ingerir toneladas de comida y no me sentaba mal.

Sin criterio, porque no he vivido cosa más dispar que el hambre que me daban los porros: lo mismo me comía una sandía y la untaba en café, que cocinaba unos espaguetis con chocolate y bebía una naranjada.

Me pasaba el día fumando porros, me pasaba el día comiendo, me dormía pensando en comida y soñaba con comida.

Yo me pasaba el día fumada, pero a mi madre le preocupaba solamente que fumase en los conciertos. No sé qué obsesión tenía la pobre mujer, que cada vez que iba a un concierto me decía que no fumase porros. Yo le hacía caso, y no fumaba en los conciertos, que hacía mucho calor y con los porros me bajaba la tensión. Como los días que no iba a conciertos no me decía nada, pues yo me daba licencia para fumar, desde que me levantaba hasta que me iba a dormir.

Algunos fines de semana me iba con mis amigos a Cambrils (un pueblo en la playa de Tarragona). En Cambrils, mis amigos y yo nos encerrábamos en la casa. Lo de encerrarse no es una metáfora: cerrábamos bien puertas y ventanas y nos poníamos a fumar porros como si no tuviéramos esperanza alguna en la vida. Lo mejor es que con todo el colocón jugábamos al Trivial Pursuit. Imaginaos a una panda de desneuronados jugando al Trivial, eso éramos nosotros. Tardábamos media hora en responder una pregunta, no exagero. Media hora de reloj. Lo gracioso es que pasada la media hora, respondíamos y acertábamos. Lo triste es que por esas ansias de jugar al Trivial, nunca bajamos a la playa. Después de tantas visitas a Cambrils y de tantos años pasados, todavía no sabemos cómo es la playa de Cambrils.

Ahora ya casi nunca fumo. Me sienta mal. Si fumo me da la sensación de que todo el mundo me mira raro porque digo tonterías. Y seguramente las digo. Y seguramente me miran raro. Claro que, también me miran raro cuando no he fumado, y también digo tonterías sin necesidad de estupefacientes. ¿Será verdad eso que me decía mi madre, que los porros son malos?

Sea como sea, no me he vuelto adicta a los porros. Me río cuando pienso en lo idiota que era, y me reía entonces por las idioteces que hacía cuando fumaba. Así pues, la moraleja de este cuento es: ríe cuanto puedas y, si fumas, procura hacerlo con la nevera llena. Buen provecho.

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Dejé de fumar porros porque me daban hambre. No me preocupaba quedarme idiota. No me preocupaba reír en una conversación seria. No me preocupaba dejar una frase a la mitad. No me preocupaba reír a cámara lenta, por pura inercia. No me importaba hacer teorías raras raras, aunque las veía como unas ideas muy buenas. No me preocupaba tener a Beavis & Butthead como únicas neuronas. Nada de eso. Pero el hambre era muy importante. Hambre salvaje y sin criterio. Salvaje, porque podía comer toneladas de comida y no me sentaba mal.
Sin criterio, porque era muy ecléctica: igual comía una sandía y la metía en el café, cocinaba unos espaguetis con chocolate y bebía un refresco de naranja.
Fumaba porros todo el día, comía todo el día, me dormía y pensaba en comida y soñaba con comida.

Yo me pasaba el día fumada, pero a mi madre le preocupaba solamente si fumaba en los conciertos. No sé qué obsesión tenía la pobre mujer, en todos los conciertos me decía: cuidado con los porros. Yo le hacía caso, y no fumaba en los conciertos; hacía mucho calor y con los porros me bajaba la tensión. Los días sin concierto no me decía nada, y yo, entonces, fumaba desde despertar hasta acostarme.

Algunos fines de semana me iba con mis amigos a Cambrils (un pueblo en la playa de Tarragona). En Cambrils, mis amigos y yo no salíamos de casa. No es una metáfora: cerrábamos bien puertas y ventanas y fumábamos porros; parecíamos no tener esperanza en la vida. Era gracioso porque, con todo el colocón, jugábamos al Trivial Pursuit. Imaginaos a un grupo de fumados con el Trivial, eso éramos nosotros. Tardábamos media hora en responder una pregunta, no exagero. Media hora de reloj. Pero pasada la media hora, respondíamos y acertábamos. Pero, por culpa del Trivial, nunca bajábamos a la playa. Después de tantas visitas a Cambrils y de tantos años pasados, todavía no sabemos cómo es la playa de Cambrils.

Ahora ya casi nunca fumo. Me sienta mal. Si fumo creo que digo tonterías y todos me miran. Y seguramente las digo. Y seguramente me miran raro. Aunque también me miran raro cuando no he fumado, y también digo tonterías sin necesidad de estupefacientes. Quizá mi madre tenía razón y los porros son malos.

De todas formas, no soy adicta a los porros. Me río cuando pienso en aquellas tonterías. La moraleja de este cuento es: ríe cuanto puedas y, si fumas, procura hacerlo con la nevera llena. Buen provecho.

(Texto de nivel principiante adaptado por Bernardo Ríos)

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Anna Taules
Anna Taulés estudió Filología Hispánica en Barcelona, ciudad en la que nació, creció y vivió hasta hace poco. Actualmente vive en Berlín. Tiene 35 años y se dedica a la música y a la escritura entre otras cosas.