Mientras me documentaba para escribir este artículo, nos quedamos sin agua en el bloque de pisos donde vivo. Antes de ir a dormir observé resignado cómo el último chorro de agua caía débilmente del grifo de la cocina y me preparé para afrontar unas horas de supervivencia. A la mañana siguiente seguíamos igual. La parte buena del incidente es que me ahorré tener que imaginar (o mejor dicho, recordar) qué significa pasar un día entero sin agua para escribir el artículo. La parte negativa, claro está, es que me encontré con todas las molestias que esto comporta.

Ese día no pude ducharme ni beber agua al levantarme, ya que estoy acostumbrado a beber del grifo y no tenía agua embotellada en la nevera. Tampoco pude hacerme un café. Todos sabemos lo dura que puede llegar a ser una mañana si nos quitan la ducha y el café. Por suerte, al llegar al trabajo pude lavarme la cara y los dientes en el lavabo de la oficina. Respiré aliviado: con las cejas aún goteando, me miré en el espejo y di por inaugurada la jornada laboral.

No es ninguna tontería que el 60% de nuestro cuerpo esté formado por agua. No lo prueben en sus casas, pero cuando dejamos de consumir los dos litros que tenemos que beber cada día, los efectos de la deshidratación empiezan a alterar el funcionamiento de nuestro organismo. El primer aviso es la sensación de sed, seguido de sequedad en la boca y de un ligero dolor de cabeza. Si no ponemos remedio, sentimos cansancio, dificultad para concentrarnos, mareos. En definitiva, la sensación de que todo cuesta más.

Al regresar a casa después del trabajo, encontré en el rellano del bloque de pisos una veintena de garrafas de agua cortesía de la compañía de agua de Madrid. ¿Eso quería decir que la reparación de la avería iba para largo? No saber cuándo volvería el agua me provocaba cierta angustia porque trastornaba mi rutina más elemental.

Entonces no pude evitar pensar en lo afortunados que somos en un país como España, donde es noticia la dificultad puntual para acceder a esta fuente de la vida. Pero, ¿podemos confiarnos?

En realidad, las previsiones son alarmantes. La dificultad para acceder a fuentes de agua potable está aumentando el llamado estrés hídrico en España. De hecho, en 2040 será uno de los 33 países más afectados por este fenómeno, según un informe de World Resources Institute.

El estrés hídrico es la diferencia entre lo que consumimos y los recursos disponibles a largo plazo. El cambio climático está reduciendo el agua dulce disponible, aunque España es el cuarto país del mundo con mayor número de grandes presas (1.200 aproximadamente). La distribución desigual de lluvias y ríos en el país, que provoca inundaciones y sequías, convenció ya a los romanos de la necesidad de almacenar el agua para aprovechar al máximo la que bajaba por los ríos. Pero las reservas hídricas no pasan por su mejor momento: según datos del Ministerio de Medio Ambiente, los embalses se encontraban, el pasado 16 de mayo, al 57,90% de su capacidad, 17 puntos menos que la misma semana de 2016.

Almacenar el agua es la forma más barata de asegurar este recurso, mucho más que desalinizar el agua de mar o depurar las aguas residuales. Modernizar los regadíos y generalizar la depuración de aguas es indispensable para el uso sostenible del agua, pero supone una inversión de miles de millones de euros que repercutiría en los consumidores.

En el otro lado de la balanza, el consumo no disminuye lo suficiente. En 2012, según datos de Eurostat, España gastó 37.349 millones de metros cúbicos de agua, un consumo parecido al de los últimos veinte años. Ocho de cada diez litros se usan en agricultura y ganadería, y el 20% restante se reparten entre industria y uso urbano.

De hecho, todo lo que consumimos tiene detrás una huella ecológica sobrecogedora. Por ejemplo, fabricar una camiseta de fibra sintética cuesta 1.000 litros de agua, es decir, una bañera, según un estudio de El Corte Inglés. Y de acuerdo con los datos recopilados por el Parlamento Europeo, una taza de café supone un gasto de 27 litros de agua. Un kilo de maíz, 1.222 litros. Y un kilo de chocolate, la friolera de 17.196 litros.

El estrés hídrico es un problema global. Afecta de forma crónica a medio centenar de países. De hecho, según el Consejo de Defensa de los Recursos Naturales, la demanda mundial de agua superará a la oferta en un 40% en 2030.

Pero no hace falta que viajemos al futuro para que este drama nos estremezca. Ahora mismo, más de 660 millones de personas no tienen suministro de agua potable cerca de casa. Tienen que trasladarse a fuentes lejanas para beber y cocinar. O, lo que es peor, el agua puede convertirse en fuente de muerte: según datos de la ONU, 1.800 millones de personas están en riesgo de contraer cólera, tifus, polio o disentería al usar una fuente de agua contaminada por materia fecal. Por si esto fuera poco, más del 80% de las aguas residuales se vierten en ríos o en el mar sin que se eliminen sus contaminantes.

La escasez de agua también merma el desarrollo económico y agrava la desnutrición en los países menos favorecidos.

Por todos estos motivos, la ONU considera el acceso a agua limpia de forma universal uno de sus 17 objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030. Acabar con la defecación al aire libre, impulsar el reciclaje, eliminar los vertidos, fomentar la eficiencia en el uso de recursos hídricos y proteger los ecosistemas acuáticos son algunas de las metas perseguidas con la participación de la comunidad internacional. Un trabajo excesivo por hacer en los siguientes trece años, teniendo en cuenta la situación actual.

La existencia de agua es uno de los hallazgos más anhelados por las expediciones espaciales para demostrar si hay vida en Marte o en cualquier otro planeta vecino. Si giramos el telescopio hacia nosotros mismos, ese principio que vincula agua con vida se vuelve inquietante: ¿hay vida en la Tierra si no cuidamos nuestra agua?

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Cuando no consumimos dos litros diarios de agua, la deshidratación altera el funcionamiento de nuestro organismo. Primero viene la sensación de sed, después la sequedad en la boca y el dolor de cabeza. Después sentimos cansancio, dificultad para concentrarnos, mareos.

Las previsiones son alarmantes. La dificultad para acceder a fuentes de agua potable aumenta el llamado estrés hídrico en España. De hecho, en 2040 será uno de los 33 países más afectados por este fenómeno, según un informe de World Resources Institute.

El estrés hídrico es la diferencia entre el consumo y la disponibilidad a largo plazo. El cambio climático reduce el agua dulce disponible, aunque España es el cuarto país del mundo con mayor número de grandes presas (1.200 aproximadamente). La distribución de lluvias y ríos en el país es muy desigual, por eso ya los romanos aprovechaban al máximo la bajada de agua de los ríos. Pero las reservas hídricas no están en su mejor momento: los embalses estaban, el pasado 16 de mayo, al 57,90% de su capacidad, 17 puntos menos que la misma semana de 2016.

Almacenar el agua es la forma más barata de asegurar este recurso. Modernizar los regadíos y generalizar la depuración de aguas es indispensable, pero muy caro.

Además, el consumo no baja suficientemente. En 2012 España gastó 37.349 millones de metros cúbicos de agua, un consumo parecido al de los últimos veinte años. Ocho de cada diez litros se usan en agricultura y ganadería.

Fabricar una camiseta de fibra sintética cuesta 1.000 litros de agua, es decir, una bañera, según un estudio de El Corte Inglés. Y de acuerdo con los datos del Parlamento Europeo, una taza de café supone un gasto de 27 litros de agua. Un kilo de maíz, 1.222 litros. Y un kilo de chocolate, la friolera de 17.196 litros.

El estrés hídrico es un problema global. Afecta de forma crónica a medio centenar de países. De hecho, la demanda mundial de agua superará a la oferta en un 40% en 2030.

Ahora mismo, más de 660 millones de personas no tienen suministro de agua potable cerca de casa. O, peor, el agua puede convertirse en fuente de muerte: 1.800 millones de personas están en riesgo de contraer cólera, tifus, polio o disentería al usar una fuente de agua contaminada por materia fecal.

Por todos estos motivos, la ONU considera el acceso a agua limpia de forma universal uno de sus 17 objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030. Acabar con la defecación al aire libre, impulsar el reciclaje, eliminar los vertidos, fomentar la eficiencia en el uso de recursos hídricos y proteger los ecosistemas acuáticos son algunas de las metas perseguidas con la participación de la comunidad internacional.

La existencia de agua es uno de los objetivos de las expediciones espaciales para demostrar si hay vida fuera de la Tierra. Si nos vemos a nosotros mismos, ese principio se vuelve inquietante: ¿hay vida en la Tierra si no cuidamos nuestra agua?

Texto de nivel principiante adaptado por Bernardo Ríos

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Robert Sendra
Nació hace 27 años en Barcelona. Es periodista y siempre le ha interesado la lectura, el cine, los viajes y las excursiones por la montaña. Es un apasionado de la creatividad y por eso le gusta escribir cuentos en sus ratos libres. También participa en un grupo teatral amateur en la ciudad en la que vive actualmente, Sabadell.