Como lingüista que soy, sé perfectamente, porque la evidencia científica así lo muestra, que no hay ningún idioma más bonito que otro, ni mejor, ni más guay, ni más práctico (hablando de comunicación, no de intereses socioeconómicos). Pero los lingüistas somos humanos y, como tales, sufrimos también el “defecto” de la preferencia, ya sea por cuestiones de la consideración de practicidad individual, gusto estético o cualquier otra. Mi parte humana vence sin discusión a la científica cuando declaro que el latín es, sin duda, la lengua que está por encima de todas las demás que han existido en la historia de la humanidad. No puedo evitarlo: me encanta, me flipa, me apasiona el latín.

Me gusta tanto, que ni siquiera la pésima forma en que se siguen estudiando las lenguas clásicas (también el griego clásico) me ha hecho odiarlo. En el instituto, incluso en la universidad, el estudio de la lengua de Roma se reduce a la gramática y a la traducción de textos. Recuerdo a mi pésima profesora del colegio dando media hora de gramática y dejándonos traduciendo la otra media hora. Espantoso, desmotivador por completo; parecen no entender que, porque la lengua tenga dos mil años, no están obligados a hacérnosla aprender como aprendían griego, los romanos, hace el mismo tiempo.

Pero aunque sea un método totalmente contrario a los principios pedagógicos actuales, estudiar gramática y traducir era ya un método de aprendizaje de lenguas, con nombre y todo: el método clásico. Hasta finales del siglo XIX, pero sobre todo a principios del siglo XX, era la única manera de aprender otro idioma. Así, si el hijo de un noble francés del siglo XVIII quería aprender español, le plantaban en la mesa los textos clásicos (El Quijote, Quevedo, Góngora, El Lazarillo…) y, hala, a traducir después de memorizar fórmulas gramaticales hispanas.

Cuando nació la lingüística científica, gracias al genio de Ferdinand de Saussure, rápidamente se aplicaron los nuevos conocimientos al aprendizaje de idiomas. Con el estructuralismo se pusieron de moda las grabaciones que repetían frases y diferentes estructuras gramaticales. Se pretendía que la segunda lengua no fuera aprendida, sino adquirida, y el alumno aprendía tal como aprende un niño: escuchando y repitiendo. Fue un gran avance, pero estaba lejos de ser un método idóneo.

Con Noam Chomsky y la corriente generativista se empezó a pensar en otros métodos, que han acabado desembocando en lo que se conoce como el método comunicativo, el que está en práctica hoy. La gramática se estudia con base en pequeñas lecciones que el profesor tiene que ir introduciendo poco a poco y se hace especial hincapié en el vocabulario, cuyo aprendizaje se intenta hacer más ameno con listas, recursos mnemotécnicos, repetición mediante ejercicios…

El foco del método comunicativo está, como indica su propio nombre, en la comunicación. No interesa que el alumno conozca perfectamente la gramática, ni que sepa nombrar todos los objetos o sensaciones existentes porque tenga una memoria prodigiosa, ni que pronuncie a la perfección o tenga un acento nativo (por favor, estudiantes, dejad de obsesionaros con el acento nativo, es tan imposible de alcanzar como irrelevante tenerlo) sino, simplemente, en que pueda comunicarse.

Visto este objetivo, en clase lo que hay que hacer es hablar, hablar y hablar más, y el profesor es fundamental para ello. Actualmente, se considera que el maestro no debe ser la figura omnipotente y omnisapiente que era antes; debe, tan solo, ser el guía de una clase que fluya con libertad, a su propio ritmo. Toda la teoría se cae en cuanto el profesor empieza a trabajar en una academia privada cuyo máximo objetivo es ganar dinero, o en cuanto un profesor de un colegio público tiene que cumplir con un currículum académico sin sentido en determinado plazo para que los niños estén listos para un más que cuestionable examen. Aprender nunca debería ser una balsa que navega en el mercado capitalista ni una competición de conocimientos.

La primera tarea del profesor, según mi experiencia, es quitar el miedo al error. Siempre se ha considerado el fallo como un impedimento en el avance del aprendizaje; pero no es así. Equivocarse es fundamental en el proceso de adquisición, es el primer paso para que el estudiante sea consciente de lo que está haciendo mal y poder corregirse a sí mismo. Así, para que el alumno hable, el profesor tiene que guiar la conversación por el camino que considere adecuado. Abrir un tema de interacción, hablar sobre cosas de las que toda la clase pueda opinar y marcar un turno de palabra es básico.

Para mí, el idioma nativo del alumnado debe ser el último recurso. En mi experiencia, un profesor sin miedo escénico y carencia total de vergüenza es capaz de hacer entender todo lo necesario sin recurrir a otros idiomas, para así desarrollar toda la clase en la lengua que se aprende.

Cuando enseñé español en Singapur, recuerdo empezar la clase siempre comentando alguna noticia de algún periódico internacional, les preguntaba a mis alumnos y alumnas qué opinaban y a veces conseguía debates muy interesantes, otras veces no tenía tanto éxito. La comparación entre Singapur y España era una constante, y esto parecía entusiasmarlos siempre. Muchas veces proyectaba anuncios turísticos sobre las diferentes comunidades españolas para que opinaran y las compararan con zonas que ellos conocieran.

Las canciones pueden ser un buen recurso, pero son peligrosas cuando las letras están escritas con demasiadas licencias poéticas. Siempre que respeten la gramática real son una buena herramienta. No me parecen tan buenas las películas, al menos para niveles inferiores al B2 (y diría que un B2 avanzado). Lo que realmente aprende un alumno de una película que tiene que ver subtitulada en su idioma es más bien escaso.

El método comunicativo también ha sido criticado por algunas personalidades, pero es indiscutible que ha supuesto un enorme avance y que marcará el camino educacional de esta rama de la enseñanza durante mucho tiempo. Hasta que llegue otro genio que lo revolucione todo.

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Me encanta el latín, aunque las clases en el instituto eran horribles. La profesora enseñaba gramática media hora, y otra media hora para traducir textos. Muy aburrido.

Este método se llama clásico, y así aprendieron idiomas en Europa hasta el siglo XIX y principios del XX. Mucha gramática y traducción de textos literarios.

La lingüística científica nació a principios del siglo XX con el suizo Ferdinand de Saussure. Con sus estudios avanzó mucho el conocimiento del lenguaje, y estos avances se usaron pronto en el aprendizaje de idiomas extranjeros. Su corriente de estudio se llamó estructuralismo, y puso de moda la repetición en las aulas. El alumno repetía frases con fórmulas y estructuras gramaticales específicas, hasta asimilarlas. Ese fue el objetivo: asimilar otra lengua, no aprenderla; como los niños.

El siguiente revolucionario lingüístico fue Noam Chomsky, fundador del generativismo. Sus estudios son el origen del método actual: el método comunicativo.

Este método se centra en la comunicación. No importa si el alumno no sabe perfectamente la gramática, o no sabe muchas palabras, o no pronuncia bien o no tiene acento nativo (alumnos, olvidad el acento nativo, es imposible y además no es útil). Es importante, simplemente, saber comunicar.

La gramática se estudia poco a poco, en dosis pequeñas, se focaliza mucho en el vocabulario y se intenta hacer su estudio más ameno: listas de vocabulario, recursos mnemotécnicos, repetición con ejercicios…

En clase es fundamental el profesor, porque tiene que hacer hablar a los alumnos. El profesor debe dirigir la clase, pero sin imponer nada. La clase tiene que fluir libremente, a su propio ritmo.

Es muy importante, para empezar, quitar el miedo a equivocarse. El error siempre se consideró algo malo, un impedimento para el aprendizaje, pero no es así. El error es bueno, es el primer paso para la autocorrección del estudiante. Así, él mismo puede ser consciente de sus fallos y mejorar por su cuenta. Para equivocarse es necesario hablar (o escribir), y el profesor debe ser el guía de la conversación de la clase.

La lengua nativa del alumnado puede usarse a veces, pero creo que debe ser el último recurso. Un profesor sin vergüenza, con capacidad para gesticular y hacer el tonto, y con buena habilidad explicativa, puede hacer entender todo a sus estudiantes sin necesidad de usar la lengua de la clase.

En Singapur, siempre empecé mis clases con alguna noticia de algún periódico internacional, mis alumnos y alumnas opinaban con libertad y a veces conseguí debates muy interesantes; otras veces, no. La comparación entre España y Singapur siempre estuvo presente, y mis alumnos conocieron el país con vídeos turísticos de las diferentes comunidades autónomas.

También usé canciones, son buenas cuando la letra respeta la gramática (muchas usan licencias poéticas poco convenientes). No estoy a favor de las películas hasta un nivel muy avanzado, porque creo que se aprende poco cuando se ve una película subtitulada en tu idioma.

Seguro que el método comunicativo puede mejorar, pero ha sido un gran paso adelante en el aprendizaje de idiomas. Quién sabe cómo va a ser el futuro de esta bonita profesión.

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Bernardo Ríos
Nació en Cádiz, una pequeña ciudad en Andalucía, en el sur de España. Estudió Filología Románica en Salamanca. Estuvo un año enseñando español en Singapur y ahora vive en Madrid, ciudad que le apasiona. Le gusta conocer otras culturas, la historia, el arte, la literatura y los idiomas. Ahora trabaja en una academia de español en Madrid.