meritxell-fotoMeritxell Campos Olivé creció en Bigues i Riells, un pueblo al pie de los Pirineos catalanes. Realizó sus estudios de danza contemporánea e interpretación en AREA, Barcelona. Desde 1999 vive y trabaja como profesora de danza, coreógrafa y bailarina en Berlín, donde coordina su espacio de creación y danza “Urbanraum”.

¿Por qué decidiste venir a Berlín?

Vine para terminar mis estudios de Filología Alemana en seis meses, entonces empecé a colaborar con compañías de danza, daba clases en alguna escuela y pensé que valía la pena alargar la estancia seis meses más, y después seis más… Y ya son casi dieciocho años.

¿En qué consiste tu trabajo actualmente?

Mi trabajo consiste en dar clases de danza contemporánea, danza teatro, danza expresiva, además soy coreógrafa y monto mis propios proyectos de danza teatro. Vivo en Berlín pero una gran parte del año la paso en el extranjero para desarrollar estos proyectos.

¿Tienes una escuela propia o das clase de manera independiente?

En este momento doy clases en una escuela donde formamos a bailarines, es un programa cultural que se llama Séneca Ausbildung. Paralelamente tengo un espacio en el barrio de Neukölln. Allí doy clases y organizo talleres pero también lo uso para ensayar; por ejemplo, ahora estoy ensayando para una obra nueva. Hace unos cuantos años que no doy clases de manera regular porque el hecho de viajar no me permite mantener esa regularidad. Para el Séneca Ausbildung doy clases trimestrales, de manera que me comprometo a quedarme tres meses en Berlín y después recupero mi libertad.

¿Entonces cómo es tu ritmo de trabajo, consiste en unas horas fijas al día?

Para nada, es un caos constante, sin perspectivas de mejora. Cada día es diferente. La única estructura la tengo cuando estoy dando clases, ahí sé que tal día a tal hora tengo que entrar en la escuela, y allí no me puedo retrasar ni cambiarlo. Pero con todo lo demás… Sí que hay ensayos que se programan, pero cada proyecto requiere unos horarios diferentes, también dependiendo del país en el que esté, y además hay que ponerse de acuerdo con los otros colaboradores del proyecto.

¿Qué tipo de danza sueles enseñar o cuál es tu especialidad?

Danza contemporánea, danza teatro, improvisación. La herramienta en la que me baso para trabajar es casi siempre la improvisación. Luego obviamente está el aprendizaje de diferentes técnicas de movimiento, pero intento centrarme en la improvisación porque para mí es una de las partes más importantes en el trabajo de movimiento.

¿Siempre has trabajado en algo relacionado con la danza?

En algún momento determinado, para ganar dinero, he trabajado de otras cosas. Pero he sido muy afortunada y eso ha sido un 5% del tiempo de mi vida, y además han sido cosas que de alguna manera están relacionadas. He trabajado como actriz para algunas producciones de cine aquí en Alemania, aunque eran papeles que jamás habría hecho por cuenta propia. También colaboro con un par de agencias de doblaje y de vez en cuando hago algún trabajo doblando películas o series, esto es entretenido.

¿Cómo son tus alumnos?

Mis clases están abiertas a todo el mundo, no hago ninguna selección. Para el grupo de formación para bailarines, la escuela sí hace una especie de prueba para que los alumnos estén un poco nivelados. Pero la mayoría de mis proyectos siguen la filosofía del community dance, es decir, abiertos a todo el mundo, sin límite de edad, experiencia, nacionalidad, etc. Allí se junta gente de cuatro a noventa años, de todos los tamaños, desde un carnicero hasta una profesora de música, pobres y ricos, de todo. Y entonces es cuando yo disfruto más, porque me doy cuenta de que, aunque suene a cliché, en cada uno de nosotros hay danza, hay un bailarín. Cuando una persona logra expresarse con su propio movimiento natural y espontáneo, eso es danza, y de una calidad increíblemente alta, porque es sincera y auténtica.

¿Haces actuaciones aparte de las clases?

Sí. Son producciones que normalmente salen de mi compañía. A veces hago colaboraciones pero casi siempre son cosas propias. El último proyecto que he realizado es un largometraje que hemos rodado en Italia durante un año. El lenguaje de esta película es principalmente el movimiento, aunque se utiliza también la voz. Ha participado un pueblo entero. Ahora la estamos montando y supongo que hacia finales de año estará lista para mostrar. Se llamará Santa Inocencia.

¿Crees que se puede vivir de la danza?

Sí, se puede. Depende de cómo uno se busque la vida. Dentro del mundo de la danza hay muchos caminos diversos. Si tu intención es ser el primer bailarín del ballet del Bolshói, entonces quizá vas a vivir de la danza cinco o siete años como mucho, y después puedes dar clases y poca cosa más. Pero si entiendes la danza como algo intrínseco a la vida y puedes trabajar con movimiento, realizar tus propios proyectos y buscarte la vida a otro nivel menos técnico, porque eso sí tiene fecha de caducidad, entonces creo que no es imposible. Si uno quiere y busca alternativas, sí, puede vivir de la danza.

También eres coreógrafa. ¿Cómo se crea una coreografía?

Depende del impulso del momento. Cuando das clases la coreografía está a la orden del día. En una clase de danza contemporánea siempre, aunque sea un ejercicio cualquiera, se sigue alguna secuencia de movimientos que ya se puede considerar coreografía. Se trata de acostumbrarse a ese lenguaje. Hay diferentes impulsos que te llevan a crear una concatenación de movimientos: puede ser un impulso acústico, un sonido o música que en ese momento te hace sonar un clic, te ilumina, y empiezas a moverte con ella, a enroscar un movimiento detrás de otro y todo fluye. Pero no siempre se puede crear una coreografía. Es como si quieres componer una canción o pintar un cuadro, no siempre estás creativo. Pero cuando lo estás buscas esos impulsos que te llevan a realizar movimientos improvisados y espontáneos, y al hacerlos te das cuenta de que tienen su razón de ser, que están ahí por algún motivo, y ya te los quedas, los repites un par de veces, los vas juntando como en una cadena, hasta que llega un momento que se le puede llamar coreografía.

¿Qué parte de tu trabajo disfrutas más? ¿Y qué parte menos?

Lo que disfruto más son esos momentos de iluminación, cuando vas por cualquier sitio, en un avión, en una calle, y tienes una idea que enseguida puedes visualizar en danza o en movimiento, en algún lenguaje corporal, y te vas animando, lo vas viendo claro… Eso es muy bonito, sobre todo si trabajas en esto y puedes convertirlo en realidad; entonces experimentas euforia y felicidad.

Otro momento bonito es cuando, en clase, ves que la gente está gozando, que han interiorizado lo que les has ofrecido; ahí piensas que ha valido la pena el esfuerzo de prepararlo, de buscar, de sufrir… Porque yo sufro mucho antes de llegar a una clase. Tengo miedo de llegar tarde, de que se me estropee la bici por el camino, etc. Eso es algo horrible, saber que un grupo de treinta personas te está esperando, eso me produce mucha ansiedad.

Tampoco me gusta tener la sensación de que siempre hay que estar dando algo material, como por ejemplo las clases, y eres consciente de que no puedes estar siempre produciendo. Cuando llevas mucho tiempo, en mi caso más de veinte años, a veces uno está quemado, cansado. Pero luego llegas a clase y experimentas ese momento mágico, donde la gente te está regalando su energía y está entrando en tu mundo. Y al terminar, las conversaciones con los alumnos o con los participantes del proyecto suelen ser reconfortantes, positivas, y piensas: “Ahora sé por qué lo hago”.

¿Qué haces cuando no estás trabajando?

La mayoría del tiempo no pienso en términos de trabajo. Es un placer y un lujo poder ocuparse con lo que a uno le interesa. Aunque suene a tópico, no necesito tener hobbies. Sí es cierto que amo el cine. Incluso cuando estoy mirando una película, lo hago con ojos de persona y de coreógrafa al mismo tiempo. Miro la composición visual, me pregunto por qué el director ha decidido poner a este actor a la derecha, esa mesa a la izquierda… No puedo desconectar esta manera de mirar, es como si llevara unas gafas incrustadas. Y es un placer, no me las quiero sacar.

¿Bailas de manera “extraoficial”, por ejemplo, si vas a una fiesta o a una discoteca?

Sí, obviamente. Nunca voy a discotecas, pero si voy a un sitio donde hay música y tengo ganas, me pongo a bailar. Pero me freno un poquito, porque hay que entender en qué contexto se mueve uno: no estoy en clase, ni en un escenario, no quiero dar la nota… A veces se forma un grupo de personas que están igual de locas y entonces sí que empezamos a improvisar y no nos importa tirarnos al suelo, subirnos a una farola, lo que sea. Pero me gusta adaptarme a las circunstancias y no ir por ahí como diciéndole al mundo “Soy bailarina, ahora vais a ver”.

¿Alguna vez tuviste un plan B, pensaste en dedicarte a otra cosa que no fuera la danza?

Si te montas un plan B el plan A no va a funcionar nunca. Es una cuestión de la atención y la energía que le pones al plan A. Si tu consciente y tu subconsciente saben que hay un plan B, en cuanto empiecen a fallar cositas, o se necesite un poco más de energía o ser un poco más testarudo, es muy tentador decir: “Ay, estoy cansada, está fallando todo”, y recurrir al plan B que parece mucho más fácil. Creo que la técnica es no ponerse un plan B para que el plan A funcione.

Nunca pensé hacer nada relacionado con los estudios de filología, pero sí he pensado hacer algo más social, porque creo que la danza que yo hago tiene un componente social muy fuerte, y eso me interesa mucho. Trabajar en algo donde la comunicación con las personas sea más directa.

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Meritxell Campos Olivé creció en Bigues i Riells, un pueblo de los Pirineos catalanes. Estudió danza contemporánea e interpretación en AREA, Barcelona. Desde 1999 vive y trabaja como profesora de danza, coreógrafa y bailarina en Berlín. Además, coordina su espaciode creación y danza “Urbanraum”.

Fue a Berlín para terminar Filología Alemana y empezó a colaborar con compañías de danza. Alargó la estancia y ya lleva dieciocho años.

Actualmente da clase de danza contemporánea, expresiva y para teatro, y es coreógrafa. También se mueve por el extranjero con otros proyectos.

Da clases trimestrales en una escuela de bailarines, pero también ene un espacio en el barrio de Neukölln. Allí da clases y ensaya.

Su runa es una caos, cada día es diferente, excepto cuando ene clases. Depende de las horas de ensayo, del país y del resto de colaboradores.

Su enseñanza se basa casi siempre en la improvisación. Considera que es una parte fundamental en el trabajo con el movimiento.

Casi siempre ha trabajado en la danza, aunque alguna vez ha trabajado de actriz y de actriz de doblaje.

Sus clases siguen la filosoa del community dance, es decir, abiertos a todo el mundo, sin límite de edad, experiencia, nacionalidad, etc. Disfruta mucho porque, dice, todos llevamos dentro la danza ya expresamos de forma diferente.

Aparte de las clases, su úlmo proyecto es un largometraje realizado en Italia. Se llama Santa Inocencia.

Piensa que se puede vivir de la danza si buscas una manera alternava, no en los clásicos ballets y en las clases. Siempre puedes buscar proyectos y moverte por el mundo.

Como coreógrafa, basa sus bailes en impulsos, cada movimiento ene una razón para estar ahí. Compara el baile con la pintura o la música, no siempre hay inspiración para crear un cuadro o una canción. Ocurre igual con la danza. Además, es un lenguaje, hay que conocerlo.

Le encanta cuando ene ideas repennas, por la calle o en cualquier situación, y cuando ve a la gente disfrutar en sus clases. Es la mejor parte de su trabajo. La peor es ir a clase, sufre cuando piensa que hay gente a la espera.

Siempre lo ve todo con ojos de coreógrafa, incluso cuando ve una película.

Cuando no está en el trabajo también baila, pero no le gusta llamar la atención.

Nunca ha tenido otro plan, siempre ha querido dedicarse a la danza. No quiere dedicarse a hacer cosas relacionadas con la filología, pero sí le gustan los asuntos sociales.

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Irene Jové (Barcelona, 1981) es licenciada en Filología Hispánica y ha estudiado también un máster en Traducción Literaria. Ha trabajado como correctora, lingüista computacional y traductora. Ha publicado un libro de poesía en español (El sol horizontal, Madrid, Torremozas, 2014) y prepara otro en catalán. Actualmente vive en Berlín, donde sigue trabajando por su cuenta para distintas editoriales y agencias de publicidad.