Si un turista interesado en la gastronomía visita España, probablemente no querrá abandonar el país sin antes haber probado el cocido madrileño, un guiso hecho con garbanzos, verduras y derivados del cerdo. El garbanzo es una legumbre altamente nutritiva que reina en la famosa pirámide de la dieta mediterránea. Se podría decir que es un alimento típicamente español. Lo que desconocen muchos consumidores, españoles o extranjeros, es que cerca del 85% de los granos que pueden encontrarse hoy en día en el país provienen de México, Estados Unidos o Turquía, no de España.

El garbanzo es uno de los muchos alimentos trotamundos que recorren hoy la Tierra. Paradojas alimentarias de la aldea global. Según el estudio “Alimentos Kilométricos” desarrollado por la ONG Amigos de la Tierra con la participación de investigadores de las universidades de Sevilla, Vigo y Pablo de Olavide, los alimentos importados por España pueden recorrer más de 5.000 km antes de llegar a nuestros platos. Además de las legumbres, otros productos que ven mundo son frutas, cereales, piensos, café, especias, pescados y mariscos. Entre 1995 y 2007, las importaciones de este tipo se han duplicado. La mayoría de estas compras se descargan de los buques portacontenedores que recorren los océanos. El daño colateral de este sistema es la emisión de CO2 a la atmósfera. Pero aún hay mucho más.

Podríamos pensar que si España necesita importar alimentos básicos de su dieta es porque su producción agroalimentaria es insuficiente para abastecer a la población. Nada más lejos de la realidad: España fue en 2014 el cuarto país de la Unión Europea con mayor producción agrícola, concentrando el 10% del total. También es el cuarto país de la UE que más alimentos exporta: casi 41.689 millones de euros en 2015, frente a los 31.927 millones importados. Los productos made in Spain más demandados son la carne de cerdo, el pescado, el aceite de oliva, el vino y las conservas vegetales.

Ampliemos el zoom: el comercio mundial de mercancías en 2015 equivalió a 16 billones de dólares, aproximadamente el doble que hace una década. Parece evidente que la tendencia pasa hoy en día porque lo que comemos dependa de las fluctuaciones mundiales, y al contrario, que estas tendencias mundiales se acaben reflejando en nuestro plato de garbanzos.

Las razones las podemos buscar en la lógica neoliberal de la globalización que ha penetrado de pleno en la alimentación. Actualmente es difícil hablar de alimentación a secas. Encaja más el concepto de “industria alimentaria”, con las connotaciones que tiene de búsqueda del máximo beneficio, reducción de costes, mecanización, especialización de los cultivos, concentración empresarial, desconexión entre las comunidades rurales y los productos que cultivan, etc.

Veamos con más detenimiento los efectos del sistema alimentario actual:

Comercio asimétrico

En primer lugar, se ha impuesto un mercado desigual en el que los pequeños productores son los que más sufren para vender sus productos a precios justos. En cambio, grandes productores, distribuidores y especuladores alimentarios dominan el proceso de compraventa a nivel transnacional.

Desde mediados del siglo XX, organismos como el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial del Comercio fomentaron la liberalización de los recursos agrícolas y alimentarios, con libertad comercial, eliminación de aranceles y privatización de empresas estatales.

En los años 60 llegó la revolución verde primero a Estados Unidos y luego al resto del mundo. Consistía en un aumento de la productividad agrícola gracias a fertilizantes, plaguicidas e innovación tecnológica, para hacer frente a la creciente demanda mundial de alimentos.

A raíz de esta revolución fueron desapareciendo los cultivos variados tradicionales, destinados, en parte, a la autosuficiencia de las familias. En los países subdesarrollados se generalizaron los latifundios especializados en productos concretos, como café, maíz, soja, frutas o caña de azúcar. Eran cultivos destinados a la exportación y no tanto a las necesidades nutricionales locales.

Esta concentración empresarial y el acaparamiento de tierras se ha saldado, a menudo, de forma traumática. Por ejemplo, la lucha por el territorio y los recursos provocó en 2016 un total de 176 muertes entre agricultores, indígenas y abogados defensores de los Derechos Humanos, según el grupo de abogados PAN de Asia y el Pacífico (PANAP).

Precios volátiles

El indicador de anomalías de precios de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) alerta en tiempo real del encarecimiento de algunos alimentos de primera necesidad que pueden ser de difícil acceso para la población local. Es el caso del maíz en Ecuador, que se ha encarecido un 7,5% en los últimos tres meses a causa de la baja producción del año pasado. O los cereales en Nigeria, que cuestan un 7% más que hace un año por la depreciación de la naira, la moneda local. En Somalia, los cereales secundarios han subido de precio un 17,5% en el último trimestre.

Estos aumentos desmedidos han dejado anécdotas que reflejan el delirio del mundo. En mayo de 2016, las redes sociales de Nigeria ardieron cuando los ciudadanos conocieron la fiesta de la Tomatina que celebra la localidad valenciana de Buñol desde hace 70 años. La fiesta consiste en arrojarse tomates los unos a los otros. Para Nigeria, esta hortaliza es una de las bases de la alimentación y desperdiciarla en gincanas era un sacrilegio. Una plaga agrícola en el país africano había provocado que el precio de una cesta grande de tomates pasara de los 1,30 euros a los 200.

Desde el año 2000, el precio de los productos alimenticios ha subido un 90,78% según el índice de la FAO para los precios de alimentos. Es decir, casi se ha duplicado. Fijémonos en el último año: el encarecimiento es del 16,4%. Y si analizamos año a año, la subida entre 2006 y 2008 asusta: en solo dos años el precio mundial de la cesta creció un 58,33%.

En 2008 el mundo estaba sumido en una crisis alimentaria mundial. Las malas cosechas y fenómenos meteorológicos como sequías y heladas explican en parte el encarecimiento brutal de los alimentos. Pero no nos quitemos mérito a los humanos, que también tuvimos nuestra parte de responsabilidad. Por un lado, el crecimiento urbano a escala mundial y la creciente clase media asiática aumentaron la demanda de alimentos. Por otro lado, en Estados Unidos se incrementó la demanda de biocombustible hecho con maíz. Y tampoco nos podemos olvidar de la especulación alimentaria.

En el tablero de Monopoly del mundo, especular con alimentos ya es una práctica habitual. La volatilidad de los precios alimentarios es un atractivo para los inversores financieros. Comprar barato y vender caro es la base de cualquier negocio especulativo. Desde el inicio del siglo XXI, inversores de todo tipo han visto en las materias primas agrícolas un valor refugio. Comprar grandes cantidades de un producto y retirarlo de la circulación es una de las formas de especulación utilizadas. Otra es el mercado de futuro, que consiste en pactar un precio para una compra futura.

Ante estas tendencias mundiales, poco es el margen de maniobra de los pequeños productores o de los gobiernos en economías abiertas. En una entrevista en el diario español Ara, el filósofo Zygmunt Bauman, recientemente fallecido, daba en el clavo sobre el gran dilema de la globalización: „Los poderes se guían por las oportunidades, por más beneficios, por accionistas, por resultados económicos mejores, saltándose las cuestiones que tienen en consideración las instituciones políticas: la salud, la educación, la calidad de vida, etc.“. Y añadía: „El poder se mueve libremente a través de todas las fronteras, pero las políticas, no“.

Gustos parecidos

La cadena de cafeterías Starbucks cuenta con más de 15.000 tiendas en 50 países. La cadena de comida rápida McDonald’s está presente en 100 países y tiene más de 36.000 establecimientos. El contenido de las neveras de todo el mundo es cada vez más similar. Las dietas se están homogeneizando. Los alimentos más caros y de mayor calidad, como carne y productos lácteos, están ganando la partida. También la comodidad y la facilidad de transporte y preparación de las comidas.

Resultan muy ilustrativos los datos que baraja la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. Los países ricos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, como Alemania y España, elaboran el 75% de sus productos alimenticios a partir de las mismas materias primas que en Estados Unidos. Es un fenómeno que también avanza en los países subdesarrollados, aunque más lentamente.

En esta era de la aldea global, los países en desarrollo están aumentando el consumo de carne, leche, azúcar y aceites vegetales. En cambio, se están estancando los cereales, tubérculos y leguminosas.

Alternativas de consumo

Aunque el punto de vista principal de este reportaje busca denunciar las deficiencias del sistema alimentario actual, es cierto que existen numerosas iniciativas de consumo como las cooperativas que están fomentando cambios en la forma de alimentarnos. A modo de ejemplo, según el Aecoc Shopper View de 2014, el 35% de los españoles consumen alimentos ecológicos.

Los alimentos ecológicos son aquellos que han sido producidos de forma natural, respetuosos con el medio ambiente y libres de sustancias químicas como fertilizantes o conservantes. Este tipo de consumo también suele ir de la mano del comercio justo, una modalidad de compra respetuosa con las condiciones laborales y sociales de los productores de países subdesarrollados.

Otra alternativa es el comercio de proximidad o de kilómetro cero, que prioriza los productos locales tradicionales, la relación cercana entre productor y consumidor y la protección del medio ambiente.

Poco a poco, la legislación está favoreciendo un consumo más sano y responsable. Recientemente ha entrado en vigor un reglamento de etiquetado en la Unión Europea que obliga a incluir tablas nutricionales en los alimentos con información de energía, grasas, ácidos grasos saturados, hidratos de carbono, azúcares, proteínas y sal por cada 100 miligramos o mililitros. Las etiquetas también tienen que indicar el lugar de donde proceden los animales consumidos y dónde se sacrificaron.

Y es que la información es, hoy más que nunca, nuestro pasaporte para lograr llevar la vida con la que más cómodos nos sintamos.

 

 

¡Léeme este artículo!

Si un turista interesado en la gastronomía visita España, seguro que quiere probar el cocido madrileño, un guiso de garbanzos, verduras y cerdo. El garbanzo es una legumbre altamente nutritiva de la dieta mediterránea, muy español. Pero el 85% proviene de México, Estados Unidos o Turquía.

Según el estudio “Alimentos Kilométricos” desarrollado por la ONG Amigos de la Tierra con la participación de investigadores de las universidades de Sevilla, Vigo y Pablo de Olavide, los alimentos importados por España pueden recorrer más de 5.000 km. Otros productos importados son frutas, cereales, piensos, café, especias, pescados y mariscos.

España fue en 2014 el cuarto país de la Unión Europea con mayor producción agrícola, con el 10% del total. También es el cuarto país de la UE que más alimentos exporta: casi 41.689 millones de euros en 2015, frente a los 31.927 millones importados. Los productos made in Spain con más demanda son la carne de cerdo, el pescado, el aceite de oliva, el vino y las conservas vegetales.

Actualmente no hablamos de alimentación, sino de “industria alimentaria”: máximo beneficio, reducción de costes, mecanización, especialización de los cultivos, concentración empresarial, desconexión entre las comunidades rurales y los productos cultivados, etc.

Comercio asimétrico

Los pequeños productores sufren para vender sus productos a precios justos. Los grandes productores, distribuidores y especuladores alimentarios dominan el proceso de compraventa a nivel internacional.

Desde mediados del siglo XX, organismos como el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial del Comercio fomentaron la liberalización de los alimentos.

En los años 60 llegó la revolución verde. Fue un aumento de la productividad agrícola gracias a fertilizantes, plaguicidas e innovación tecnológica. Desaparecieron muchos cultivos tradicionales.

Esta concentración empresarial ha sido traumática. En 2016 hubo un total de 176 muertes entre agricultores, indígenas y abogados defensores de los Derechos Humanos, según el grupo de abogados PAN de Asia y el Pacífico (PANAP).

Precios volátiles

El indicador de anomalías de precios de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) alerta del encarecimiento de algunos alimentos de primera necesidad. Muchos países, como Ecuador, Nigeria o Somalia están afectados.

Desde el año 2000, el precio de los alimentos ha subido un 90,78% según el índice de la FAO. Es decir, casi se ha duplicado.

En 2008 el mundo estaba en una crisis alimentaria mundial. Las malas cosechas y fenómenos meteorológicos como sequías y heladas explican en parte el encarecimiento brutal de los alimentos. Pero también es responsabilidad humana.

Especular con alimentos ya es una práctica habitual. Comprar barato y vender caro es la base de cualquier negocio especulativo. Desde el inicio del siglo XXI, inversores de todo tipo han visto en las materias primas agrícolas un valor.

Gustos parecidos

La cadena de cafeterías Starbucks cuenta con más de 15.000 tiendas en 50 países. La cadena de comida rápida McDonald’s está presente en 100 países y tiene más de 36.000 establecimientos. El contenido de las neveras de todo el mundo es cada vez más similar. Las dietas se hacen más homogéneas.

Los países ricos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, como Alemania y España, elaboran el 75% de sus productos alimenticios a partir de las mismas materias primas que en Estados Unidos. Es un fenómeno que también avanza en los países subdesarrollados, aunque más lentamente.

Aumenta el consumo de carne, leche, azúcar y aceites vegetales. En cambio, se estancan los cereales, tubérculos y leguminosas.

Alternativas de consumo

Pero existen numerosas iniciativas de consumo responsable. Por ejemplo, según el Aecoc Shopper View de 2014, el 35% de los españoles consumen alimentos ecológicos.

Los alimentos ecológicos han sido producidos de forma natural, respetuosos con el medio ambiente y libres de sustancias químicas como fertilizantes o conservantes. Este tipo de consumo suele integrarse en el comercio justo, una modalidad de compra respetuosa con las condiciones laborales y sociales de los productores de países subdesarrollados.

Otra alternativa es el comercio de proximidad o de kilómetro cero: prioriza los productos locales tradicionales, la relación cercana entre productor y consumidor y la protección del medio ambiente.

Desde hace poco, las etiquetas informan del origen de los alimentos.

La información es nuestro pasaporte para llevar la vida deseada.

¡Léeme este artículo!

Quiz: Frío y calor en la nevera global

¿Has entendido bien el artículo?

¡Compruébalo ahora! El nivel de este cuestionario es avanzado.

COMPÁRTELO
Artículo anterior¿Botas veganas?
Siguiente artículoReceta: crema de verduras con pollo
Robert Sendra
Nació hace 27 años en Barcelona. Es periodista y siempre le ha interesado la lectura, el cine, los viajes y las excursiones por la montaña. Es un apasionado de la creatividad y por eso le gusta escribir cuentos en sus ratos libres. También participa en un grupo teatral amateur en la ciudad en la que vive actualmente, Sabadell.