Un sombrero tipo bombín. Una perilla granuja. Una voz ronca que se arrastra entre sonetos. El perfil del cantautor Joaquín Sabina ha ascendido a la categoría de icono. Es reconocible al instante como lo serían Woody Allen o Alfred Hitchcock. En este caso, es un icono de Madrid. En 1980, el artista cantó la ciudad con unas coordenadas difíciles de olvidar: “allá donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, donde regresa el fugitivo, pongamos que hablo de Madrid”. También compuso el himno del centenario de su club de fútbol: el Atlético. Fue parte de la movida madrileña a nivel artístico en los años 80. Y, sin embargo, Sabina no nació en Madrid, sino en Úbeda (Jaén), en 1949. Hasta casi los treinta años no se instaló en la capital de España.

Antes vivió siete años en el exilio, entre París y Londres, tras lanzar un coctel molotov contra una sucursal bancaria en protesta por las penas de muerte con que la dictadura franquista había condenado a miembros de la banda terrorista ETA. Joaquín Sabina siempre se ha posicionado políticamente a favor de la izquierda y simpatizó con los movimientos antifranquistas. En el exilio colaboró con el Club Antonio Machado y se empezó a curtir cantando en bares y metro.

Poco después de regresar a España, Sabina publicó su primer trabajo discográfico: Inventario. Fue el primero de dieciocho álbumes de estudio que le han llevado a colaborar con artistas de la talla de Joan Manuel Serrat, Fito Páez, Ana Belén, Miguel Ríos, Andrés Calamaro o Leiva. Malas compañías; Hotel, dulce hotel; Física y Química, o 19 días y 500 noches son discos que saben a antiguo y cuya calidad de sonido no es perfecta, pero se pueden considerar clásicos en tanto que sus canciones han traspasado generaciones. Lo niego todo es el trabajo que el cantautor ha presentado este año (2017).

Las composiciones de Sabina son bellas en su sobriedad. Como un profesor de la universidad a la que llaman calle, el viejo rockero infiltra unas cuantas lecciones de vida en sus letras. Nos ha hablado de la atracción a través de una ranchera (“Yo quería dormir contigo y tú no querías dormir sola”), nos ha enseñado la complejidad del amor (“Porque amores que matan nunca mueren”) y nos ha acompañado en el desamor (“Tardé en aprender a olvidarla, diecinueve días y quinientas noches”). Pero también nos ha empujado a vivir con intensidad (“Si lo que quieres es vivir cien años, vacúnate contra el azar”).

Con 68 años de edad a sus espaldas, la biografía canalla de Sabina nos cuenta qué hay después de la fórmula “sexo, drogas y rock and roll”. Él se alejó de este frenesí en 2001, cuando dejó de consumir cocaína y sufrió un leve infarto cerebral que le hizo tomarse la vida con más calma. Lo que quedó después de todo aquello fue nada más y nada menos que la poesía.

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Un sombrero tipo bombín. Una perilla. Una voz ronca. El perfil del cantautor Joaquín Sabina es un icono, un símbolo de Madrid. En 1980, el artista le cantó a la ciudad: “allá donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, donde regresa el fugitivo, pongamos que hablo de Madrid”. También compuso el himno del centenario de su club de fútbol: el Atlético. Fue parte de la movida madrileña a nivel artístico en los años 80. Y, sin embargo, Sabina no nació en Madrid, sino en Úbeda (Jaén), en 1949. Llegó a Madrid a los treinta.

Antes vivió siete años en el exilio, entre París y Londres. Tuvo que exiliarse porque lanzó un coctel molotov contra un banco. Su reivindicación eran las penas de muerte con que la dictadura franquista había condenado a miembros de la banda terrorista ETA. En el exilio empezó a cantar en bares y en el metro.

Poco después de regresar a España, Sabina publicó su primer trabajo discográfico: Inventario. Fue el primero de dieciocho álbumes de estudio. Malas compañías; Hotel, dulce hotel; Física y Química, o 19 días y 500 noches son algunos de los clásicos para muchos españoles porque han traspasado generaciones. Lo niego todo es su último álbum (2017).

Las composiciones de Sabina son lecciones de vida que el rockero aprendió en la calle. Nos ha hablado de la atracción (“Yo quería dormir contigo y tú no querías dormir sola”), nos ha enseñado la complejidad del amor (“Porque amores que matan nunca mueren”) y nos ha acompañado en el desamor (“Tardé en aprender a olvidarla, diecinueve días y quinientas noches”). Pero también nos ha ayudado a vivir con intensidad (“Si lo que quieres es vivir cien años, vacúnate contra el azar”).

Con 68 años, la biografía de Sabina nos cuenta qué hay después de la fórmula “sexo, drogas y rock and roll”. Él se alejó de este frenesí en 2001, cuando dejó de consumir cocaína y sufrió un leve infarto cerebral que le hizo tomarse la vida con más calma. Lo que quedó después de todo aquello fue la poesía.

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Quiz: Joaquín Sabina: el poeta de Madrid

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Unidad didáctica sobre el artículo. Nivel Avanzado (B2/C1)

Esta unidad didáctica es para alumnos de español como lengua extranjera de nivel avanzado (B2/C1). Preparamos la lectura con algunas preguntas iniciales. Leemos el texto e introducimos un test de comprensión lectora. Analizamos una canción y trabajamos mucho vocabulario. Se hace uso del subjuntivo.

Unidad didáctica: Joaquín Sabina, el poeta de Madrid. Nivel Avanzado (B2/C1)

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