Explicar la Guerra Civil en mil palabras es, creedme, complicado. Sin preámbulos:

Antes de la dictadura de Franco, hubo otra protagonizada por el militar Primo de Rivera y amparada por el rey Alfonso XIII. Tras su fracaso, se convocaron elecciones el 12 de abril de 1931. Aquí viene la primera polémica: los monárquicos ganaron más votos, pero el resultado se entendió como desfavorable para la Corona. ¿Por qué? El voto urbano fue de aplastante mayoría republicana, y en los pueblos actuaban con mucha fuerza los caciques, terratenientes que sobornaban a los campesinos a cambio de su voto. El rey Alfonso XIII, además, no se sintió suficientemente respaldado, y él mismo, sin que nadie lo obligara, decidió huir del país para que se instaurara la República. El nuevo régimen sería, por lo tanto, completamente legal y legítimo por el abandono voluntario del monarca. El General Sanjurjo, director de la Guardia Civil (cuerpo policial-militar español) se puso inmediatamente, también, al servicio de la junta republicana.

Ahora bien, la República nació en el momento menos oportuno: la tensión social era enorme. Los anarquistas y comunistas se rebelaban contra el gobierno republicano de derechas, los fascistas usaron el terrorismo durante prácticamente toda la República, y las juventudes simpatizantes de uno y otro bando se peleaban en las calles, matando a los rivales. Aunque suene caótico, los historiadores actuales apuntan a que el golpe de estado posterior, con el que empezó la guerra, no estaba justificado: la situación era difícil, pero ni mucho menos incontrolable.

El 8 de marzo de 1936 tiene lugar en Madrid una reunión de varios mandos militares: Mola, Franco y Fanjul entre otros. Estos militares acuerdan dar un golpe de estado para hundir la legítima República. El jefe de la insurrección sería, ni más ni menos, el general Sanjurjo. Sí, es el mismo hombre que, años atrás, fue prácticamente el primero en ponerse al servicio de la República. Sanjurjo estaba exiliado en Portugal por un fracasado golpe de estado en el año 1932, durante la democracia. Cuando se disponía a volver a España, sufrió un accidente de avión en Portugal y murió.

El golpe de estado empieza el 17 de julio en Melilla, un día antes de lo esperado. Ninguna de las ciudades importantes cayó en manos del bando sublevado: Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao, Málaga o Murcia siguieron fieles a la República. Aunque tampoco fue un fracaso absoluto: los sublevados consiguieron controlar un tercio del territorio, Sevilla, Córdoba y Zaragoza.

El bando sublevado tenía las de ganar desde el principio: el 70% de los oficiales se unieron al golpe, contaban con prácticamente todo el armamento y, además, recibieron ayuda inmediata de los nazis alemanes y los fascistas italianos. La Iglesia Católica y los partidos de derecha de la República, como la CEDA de Gil Robles (este fue el gran partido de derechas de la época, que fue adquiriendo poco a poco rasgos del nazismo), el Partido Carlista, los monárquicos de Calvo Sotelo, La Falange Española de José Antonio Primo de Rivera y las JONS de Ramiro de Ledesma, apoyaron también el golpe.  El bando republicano, en cambio, no terminó de formar su ejército hasta un año después del comienzo de la guerra, tenía que comprar armas de mala calidad en el mercado negro a unos precios elevadísimos y se vio abandonado por sus aliados, Francia y Reino Unido. Posteriormente recibió ayuda de México, la Unión Soviética y, lo más importante, de las Brigadas Internacionales, cuerpos de voluntarios extranjeros. En esta llamada a la defensa de la democracia se unió más de un nombre de fama internacional, como George Orwell, autor de 1984, Rebelión en la granja y Homenaje a Cataluña. En este último describe sus experiencias en el frente de Aragón. En una entrevista confesó que iba a España „a matar fascistas, porque alguien debe hacerlo“. En las fuerzas de la República luchaban juntas diferentes ideologías: demócratas, que creían en la República tal y como estaba, comunistas, que querían implantar un estado estalinista, y los anarquistas, con el objetivo de conseguir la revolución social. El presidente de la República durante la guerra, Negrín, del PSOE, era un convencido demócrata. De hecho, nunca estuvo afiliado ni mantenía diálogos con los sindicatos.

Franco, desde Marruecos (protectorado español), movilizó a las tropas de élite del ejército español, el Ejército de África, hacia Cádiz y Sevilla, gracias a la ayuda de la aviación italiana y alemana. Desde ahí consiguió unir Marruecos, Andalucía occidental y Extremadura con la zona sublevada de Castilla y León. Allí fue aclamado por los militares como Generalísimo de los ejércitos y, poco más tarde, en Toledo, jefe del estado español. El general Mola, mientras tanto, luchaba en el norte y el general Yagüe, en Extremadura.

La República lanzó su ofensiva contra Baleares y Córdoba, pero fracasó. Y este fue el inicio de la triste historia de la guerra para la democracia. A excepción de alguna victoria, la República no hizo más que perder terreno lenta pero constantemente.

El 26 de abril de 1937 fue un día negro. El general Mola, encargado de la ofensiva fascista en el norte, bombardea Guernica, en el País Vasco. La aviación alemana e italiana lanza una ofensiva que deja, según los últimos estudios, 126 muertos y la ciudad completamente en ruinas. El pintor andaluz Pablo Picasso dejó constancia de este horror en el cuadro que lleva su nombre: el Guernica.

En 1938 se aceleran, imparables, las conquistas sublevadas en Aragón y norte de la Comunidad Valenciana. Se aísla Cataluña y se bombardea Barcelona, mientras sigue la cruenta batalla por Madrid.

La batalla del Ebro fue decisiva. La República lanza una última ofensiva desde sus territorios valencianos y catalanes, pero el general Yagüe consigue repelerlos y comienza la campaña que acabará tomando Cataluña. La República ya estaba débil, inmersa en una crisis política, y fueron cayendo las últimas resistencias: Barcelona, primero, luego Madrid, Valencia y Alicante. Ahí terminó la guerra, en 1939, después de tres años traumáticos que todavía marcan nuestra actualidad como pueblo, con heridas que no se han cerrado.

Durante la posguerra se formaron guerrillas de resistencia: los maquis, que continuaron luchando en las zonas montañosas y boscosas. A partir del año 52 dejan de existir contingentes de importancia, y en el año 65 muere el último guerrillero.

Si lo miramos más ampliamente, en realidad la guerra no fue más que una fase violenta del debate intelectual y social que desde el siglo XIX se conoce como las dos Españas.

Las dos Españas representan los extremos ideológicos que conviven desde la Guerra de Independencia (Napoleón y todo eso, principios del siglo XIX). Ahí nació la España liberal, asociada actualmente al bando progresista de izquierda, anticlerical, fuertemente autonomista o directamente federalista, y la España reaccionaria, conservadora, tradicionalista de derechas, religiosa y centralista. La división es muy profunda, y estos dos sentimientos son completamente incapaces de ponerse de acuerdo y luchan continuamente por imponerse el uno al otro. El debate de lo español también se fractura en estas dos tendencias, con conceptos completamente diferentes de lo que es España. Ambas Españas están plenamente vigentes hoy día y no nos llevamos nada bien. Por ejemplo, un gobierno legaliza el matrimonio homosexual y el siguiente pretende prohibir casi completamente el aborto. Así somos, y como podréis imaginar, entre tales extremos, la convivencia es difícil.

El tema de la Guerra Civil es muy recurrente en el mundo de la cultura, y es normal encontrar algo nuevo todos los años: cine, literatura, series… Las heridas que causó la guerra y el trauma postdictadura están muy vivos, en forma de calles con nombres de generales que mataron a miles de demócratas aún enterrados en fosas comunes, buscados sin éxito por unas familias que solo pretenden darles un enterramiento digno a sus seres queridos.

El intento de imposición ideológica continúa tan vivo como hace cincuenta, setenta, cien o ya casi doscientos años, y está muy lejos de terminar.

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Explicar la Guerra Civil en mil palabras es muy difícil. Empiezo:

Primo de Rivera fue un dictador militar español apoyado por el rey Alfonso XIII. Después de su breve dictadura hubo elecciones, el 12 de abril de 1931. Los monárquicos ganaron más votos, pero el resultado fue desfavorable para la Corona. ¿Por qué? El voto urbano fue republicano, y en los pueblos había muchos caciques (terratenientes). Los caciques sobornaban a los campesinos a cambio de su voto. El rey Alfonso XIII, además, no se sintió respaldado, y, sin ser obligado, decidió huir del país. El nuevo régimen fue legal y legítimo por el abandono voluntario del monarca. El General Sanjurjo, director de la Guardia Civil (cuerpo policial-militar español) se puso inmediatamente, también, al servicio de la República.

Pero la República nació en un momento complicado: la tensión social era enorme. Los anarquistas y comunistas se rebelaban contra el gobierno republicano de derechas, los fascistas usaron el terrorismo durante prácticamente toda la República, y había batallas en las calles entre los jóvenes, con decenas de muertos. Pero los historiadores actuales no justifican el golpe de estado: la situación era difícil, pero no incontrolable.

El 8 de marzo de 1936 se reúnen en Madrid varios militares: Mola, Franco y Fanjul entre otros. Estos militares acuerdan dar un golpe de estado. El jefe del golpe iba a ser el general Sanjurjo. Sí, el primero en ponerse al servicio de la República ahora conspiraba contra ella. Sanjurjo estaba exiliado en Portugal por un fracasado golpe de estado en el año 1932, durante la democracia. Cuando volvía a España, sufrió un accidente de avión en Portugal y murió.

El golpe de estado empieza el 17 de julio en Melilla. Ninguna de las ciudades importantes cayó, pero los sublevados controlaron un tercio del territorio.

El bando sublevado tenía ventaja: lo apoyó el 70% de los oficiales, tenía buenas armas y la ayuda inmediata de los nazis alemanes y los fascistas italianos. El bando republicano tardó un año en formar un ejército, compraba armas muy caras y de mala calidad en el mercado negro y fue abandonada por sus aliados franceses y británicos. Más tarde recibió ayuda de la Unión Soviética y, más importante, de las Brigadas Internacionales, voluntarios extranjeros.

Franco, desde Marruecos (protectorado español), marchó hacia Cádiz y Sevilla, gracias a la ayuda de la aviación italiana y alemana. Desde ahí unió Marruecos, Andalucía occidental y Extremadura con la zona sublevada de Castilla y León. Allí fue nombrado por los militares Generalísimo de los ejércitos y, poco más tarde, en Toledo, jefe del estado español. El general Mola, mientras tanto, luchaba en el norte y el general Yagüe, en Extremadura.

La República atacó Baleares y Córdoba, pero fracasó. Y así fue casi toda la guerra. A excepción de alguna victoria, la República perdió terreno lenta pero constantemente.

El 26 de abril de 1937 fue un día negro. El general Mola, general fascista del norte, bombardeó Guernica, en el País Vasco. La aviación alemana e italiana mató a 126 personas y la ciudad quedó completamente en ruinas. El pintor andaluz Pablo Picasso dejó constancia de este horror en el cuadro con su nombre: el Guernica.

En 1938 las conquistas sublevadas aavanzaron en Aragón y norte de la Comunidad Valenciana. Se aisló Cataluña y se bombardeó Barcelona, mientras seguía la dura batalla por Madrid.

La batalla del Ebro fue decisiva. La República lanzó el último ataque desde Cataluña y Valencia, pero el general Yagüe venció y comemzó la campaña final. La República ya estaba débil, en una crisis política, y cayeron las últimas resistencias: Barcelona, primero, luego Madrid, Valencia y Alicante. Ahí terminó la guerra, en 1939, después de tres años traumáticos, marcados, hoy, en nuestra identidad actual.

En realidad la guerra fue una fase violenta del debate intelectual y social de las dos Españas.

Las dos Españas representan los extremos ideológicos nacidos en la Guerra de Independencia (Napoleón y todo eso, principios del siglo XIX). Ahí nació la España liberal, asociada actualmente al bando progresista de izquierda, anticlerical, fuertemente autonomista o directamente federalista, y la España reaccionaria, conservadora, tradicionalista de derechas, religiosa y centralista. La división es muy profunda: estos dos sentimientos son incapaces de ponerse de acuerdo y luchan continuamente por imponerse. También tienen conceptos muy diferentes de qué es España. Las dos Españas existen hoy día y no nos llevamos bien. Por ejemplo, un gobierno legaliza el matrimonio homosexual y el siguiente pretende casi prohibir el aborto. Así somos, y como podéis imaginar, entre extremos la convivencia es difícil.

El tema de la Guerra Civil es muy frecuente en el mundo de la cultura, y es normal encontrar algo nuevo todos los años: cine, literatura, series… Las heridas causadas están muy abiertas, hay calles con nombres de generales asesinos de demócratas enterrados en fosas comunes, buscados sin éxito por sus familias.

El intento de imposición ideológica continúa tan vivo como hace cincuenta, setenta, cien o ya casi doscientos años, y está muy lejos de terminar.

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Bernardo Ríos
Nació en Cádiz, una pequeña ciudad en Andalucía, en el sur de España. Estudió Filología Románica en Salamanca. Estuvo un año enseñando español en Singapur y ahora vive en Madrid, ciudad que le apasiona. Le gusta conocer otras culturas, la historia, el arte, la literatura y los idiomas. Ahora trabaja en una academia de español en Madrid.