Arriba, donde termina la subida, está mi colegio. Mi madre me acompaña de la mano. Llevo una mochila, en la mochila llevo un estuche con un boli, un lápiz, una goma y un sacapuntas y una fiambrera con el desayuno dentro. Todavía no lo sé, pero cuando sea un poco más mayor (cuando tenga unos 10 años) mi mochila pesará lo que no está escrito, dentro llevaré libros de texto de sociales, naturales y matemáticas, mis padres dirán „¡qué barbaridad el peso que les hacen llevar a estas criaturas!“. Pero lo que nunca sabrán mis padres es que el peso lo llevo porque a mí me da la gana, o mejor dicho, porque no tengo ganas de quitar los libros de la mochila cuando llego a casa del cole, así que cargaré con los de ayer, los de hoy y los de mañana.

Por fin termina la subida, estoy sudando, ya puede ser buena la recompensa después de haber caminado tanto. Cuando llego a ese sitio llamado colegio hay otros seres enanos como yo, es decir, niños, de distintos tipos y colores. Son enanos como yo, pero a mí me parecen extraños y no quiero saber nada de ellos. Confío en mi madre, que es mi ángel de la guarda. Bendita inocencia, la de los niños. Mi madre me da un beso y se va deprisa, muy deprisa. Traición. Empiezo a llorar, a llorar a moco tendido, mi cara es una fuente de lágrimas y mocos. Nada seca mejor que la manga de mi camisa, así que ahí voy, me repaso el brazo por toda la cara. Una niña mira cómo lloro, como quien mira un cuadro después de haberse fumado un porro.

La clase empieza con un cuento de vocales dibujadas en la pizarra con tizas de colores. Del cuento no tengo ninguna crítica mala que aportar. De quién sí tengo alguna crítica mala que aportar es de la niña que tengo al lado, que ha empezado con una sarta de mentiras que no se cree ni ella: me cuenta que le han abierto la cabeza y que le han sacado unas tijeras, un poco de celo, una regla, un borrador de pizarra y un compás. Es indignante cuánta mentira sale de su boca. Me callo y escucho los dos cuentos, el de las vocales y el de la niña mentirosa.

Más entrada la mañana nos hacen vestir con el chándal. El chándal está guardado en las taquillas que hay en el aula de al lado. Una vez vestiditos, vamos en fila india hacia el gimnasio. Nos hacen sentar encima de unas colchonetas de color verde que tienen aspecto de cama para vagabundo. Ahora que estamos sentados en el suelo, aprovechamos para enseñarnos las costras que tenemos en las rodillas y en los codos y las heridas imaginarias que tenemos en los dedos, que solo los niños y niñas somos capaces de ver.

Ahora toca dibujo. ¡¿Quién tiene el color carneeee?!!! ¡Quién tiene el color carneee?!!! De los lápices de colores (o plastidecor dirían los de mi generación), el color carne es el más buscado. Algún iluminado le dio el nombre de color carne, pero más que color carne, tiene color de jamón york. Lo necesitamos para pintar caras y brazos, aunque todavía, después de 36 años, no he visto a ninguna persona que tenga ese color. Lo más cerca del color jamón york que he visto ha sido a un alemán en Mallorca.

¡Ala! ¡Qué bonito! La clase entera se abalanza sobre el dibujo de Camila, ¿el secreto de su arte? No se sale de la raya.

Para terminar el día, un poco de música. Bueno… música… Mejor dicho: soplar la flauta y hacer ruido con la pandereta. Finalmente, como premio por este suplicio, un poco de merienda: una pasta dulce con una crema amarilla por dentro que se va a comer tu tía.

Mi madre me viene a buscar, me voy corriendo hacia ella, como iría nadando un náufrago hacia el barco tan esperado. “Aquí os quedáis”, pienso. Dejo atrás a los seres enanos y extraños. Muy bien la experiencia, pero yo aquí no vuelvo.

Bendita la inocencia de los niños, que este solo ha sido mi primer día.

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Arriba, donde termina la subida, está mi colegio. Mi madre me acompaña de la mano. Llevo una mochila, en la mochila llevo un estuche con un boli, un lápiz, una goma y un sacapuntas y una fiambrera con el desayuno dentro. Todavía no lo sé, pero de mayor (con unos 10 años) mi mochila pesará muchísimo, dentro llevaré libros de texto de sociales, naturales y matemáticas, mis padres dirán „¡qué barbaridad, cuánto peso!“. Mis padres nunca sabrán la verdad: llevo ese peso porque quiero, o mejor dicho, porque no quiero quitar los libros de la mochila al llegar a casa del cole, así cargaré con los de ayer, los de hoy y los de mañana.

Por fin termina la subida, estoy sudando, ya puede ser buena la recompensa después de caminar tanto. Cuando llego a ese sitio llamado colegio hay otros seres enanos como yo, es decir, niños, de distintos tipos y colores. Son enanos como yo, pero a mí me parecen extraños y no quiero saber nada de ellos. Confío en mi madre, mi ángel de la guarda. Bendita inocencia, la de los niños. Mi madre me da un beso y se va deprisa, muy deprisa. Traición. Empiezo a llorar, a llorar mucho, mi cara es una fuente de lágrimas y mocos. Nada seca mejor que la manga de mi camisa, así que ahí voy, me paso el brazo por toda la cara. Una niña me mira, como cuando alguien mira un cuadro después de fumarse un porro.

La clase empieza con un cuento de vocales dibujadas en la pizarra con tizas de colores. Del cuento no tengo ninguna mala crítica. Pero sí tengo alguna crítica mala de la niña junto a mí. Ella ha empezado a contarme muchas mentiras increíbles, por ejemplo: le han abierto la cabeza y de ahí le han sacado unas tijeras, un poco de celo, una regla, un borrador de pizarra y un compás. Es indignante cuánta mentira sale de su boca. Me callo y escucho los dos cuentos, el de las vocales y el de la niña mentirosa.

Un poco más tarde nos visten con el chándal. El chándal está guardado en las taquillas, en el aula de al lado. Después, vamos en fila india hacia el gimnasio. Nos sentamos encima de unas colchonetas de color verde, como camas de vagabundo. Ahora, sentados en el suelo, nos enseñamos las costras de las rodillas y los codos y las heridas imaginarias en los dedos, solo vistas por los ojos de un niño.

Ahora toca dibujo. ¡¿Quién tiene el color carneeee?!!! ¡Quién tiene el color carneee?!!! De los lápices de colores (o plastidecor dirían los de mi generación), el color carne es el más buscado. Algún iluminado lo llamó color carne, pero más que color carne, tiene color de jamón york. Lo necesitamos para pintar caras y brazos, aunque todavía, después de 36 años, no he visto a ninguna persona de ese color. Lo más cerca del color jamón york ha sido a un alemán en Mallorca.

¡Ala! ¡Qué bonito! La clase entera se abalanza sobre el dibujo de Camila, ¿el secreto de su arte? No se sale de la raya.

Para terminar el día, un poco de música. Bueno… música… Mejor dicho: soplar la flauta y hacer ruido con la pandereta. Finalmente, como premio por este suplicio, un poco de merienda: una pasta dulce con una crema amarilla por dentro incomible.

Mi madre me viene a buscar, me voy corriendo hacia ella, como iría nadando un náufrago hacia el barco tan esperado. “Aquí os quedáis”, pienso. Dejo atrás a los seres enanos y extraños. Muy bien la experiencia, pero yo aquí no vuelvo.

 

Bendita la inocencia de los niños, pues este solo ha sido mi primer día.

(Texto de nivel principiante adaptado por Daniel Huchet)

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Anna Taules
Anna Taulés estudió Filología Hispánica en Barcelona, ciudad en la que nació, creció y vivió hasta hace poco. Actualmente vive en Berlín. Tiene 35 años y se dedica a la música y a la escritura entre otras cosas.