¿Se puede decir que las plantas son inteligentes? Para Stefano Mancuso la respuesta está clara. En su obra “Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal” afirma que no hay diferencia entre la inteligencia de los animales y la de las plantas. Se trata simplemente de un problema de definición. Si definimos la inteligencia como capacidad para resolver problemas, entonces no hay duda de que las plantas la poseen. Veamos algunos de los ejemplos que utiliza el autor para defender su teoría:

Photo by Hipopótominha
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Cuando las plantas se encuentran con un obstáculo de camino a un nutriente o al agua, ¿acaso dejan de crecer? ¡Para nada! La raíz palpa el obstáculo y cambia su dirección para seguir creciendo. Esto significa que, de alguna manera, las plantas tienen sentido del tacto. También se podría decir que poseen olfato, ya que se sirven de los olores para recoger información del entorno y, no solo para eso, sino que también los utilizan para comunicarse entre ellas y con los insectos. El autor llega a hablar de una lengua vegetal: los olores producidos por las distintas plantas (como el romero, la albahaca, la menta o el cilantro) son como las palabras para nosotros.

¿Y qué pasa con el sentido de la vista? Pues parece que tampoco les falta. Aunque las plantas no tienen ojos (tampoco tienen nariz, pero ya hemos visto que son receptivas a los olores), son capaces de modificar su posición “creciendo en dirección a la luz y moviendo las hojas para recibirla de manera óptima”.

Pero esperad, que las sorpresas no terminan aquí. Además del tacto, el olfato y la vista, Mancuso les atribuye un oído. Defiende que las frecuencias sonoras (sobre todo las bajas) favorecen el crecimiento de las plantas. Sin embargo, el género musical (en contra de lo que piensa mucha gente) no afecta a su desarrollo. Vamos que… ¡lo mismo da ponerles Debussy que Canteca de Macao!

Uno, dos, tres, cuatro… Un momento, todavía nos falta un sentido: ¡el gusto! Es verdad que este sentido no puede atribuirse a todas las plantas, pero tampoco puede decirse que sea algo exclusivo del mundo animal… ¡No hay que olvidar que existen unas 600 especies de plantas carnívoras en todo el mundo!

Photo by bea&txm
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Además de tener cinco sentidos, las plantas también tienen otros comportamientos comparables a los de los animales. Por ejemplo, al dormir. Cuando duermen, las plantas no tienen sensibilidad del entorno. Muchas cierran sus hojas o las ponen en una posición distinta de la diurna. Como también ocurre con los animales, los años modifican las necesidades y, a medida que se hacen mayores, necesitan menos sueño.

Sin embargo, lo más sorprendente es el comportamiento familiar de las plantas. Cuando una planta está emparentada con otra, entonces no siente la necesidad de marcar su territorio mediante la producción de un gran número de raíces, técnica que sí utiliza (para imponer su autoridad sobre el terreno)  cuando las plantas vecinas no forman parte del mismo clan. Otro ejemplo de relaciones familiares es el cuidado mutuo entre plantas del mismo clan. Si alguna planta no tiene autonomía, entonces las plantas vecinas del mismo clan se ocupan de proporcionarle los nutrientes necesarios a través de las raíces. ¿Boquiabiertos?

¡Pues no se trata de quedarse con la boca abierta, sino de abrir los ojos! Este es precisamente el mensaje del autor, que piensa que deberíamos tener más en cuenta a las plantas, ya que estas pueden ofrecer muchas soluciones a nuestros problemas.

Claro está que la relación entre el ser humano y el mundo vegetal ha cambiado mucho a lo largo de la historia y que, además, esta no es la misma en todas las culturas, pero si observamos un poquito el entorno urbano europeo es evidente que existe un fuerte desconocimiento general acerca de estos temas.

Imaginemos algo tan simple como un paseo en bicicleta un domingo de mayo. No se trata de ir muy lejos, sino sencillamente de salir a respirar un poquito de aire puro, así que probablemente no vamos a encontrarnos con especies demasiado exóticas. Y, sin embargo, ¿quién de nosotros es capaz de nombrar las plantas que ve en el camino? Y… ¿cuántas de ellas? ¡De sus propiedades ya ni hablemos!  Aunque hay una serie de remedios caseros que siguen formando parte del saber popular y todavía se transmiten de generación en generación (¿quién no recuerda a la abuelita desplegando todas sus armas cuando una estaba enferma?), lo cierto es que estos se pueden contar con los dedos de las manos. Por otra parte, ¡han cambiado mucho los tiempos desde que nuestros antepasados descubrieron que las plantas tienen propiedades medicinales! Por aquel entonces, la casualidad todavía guiaba el destino de la humanidad. Nuestros antepasados tenían que andar constantemente en busca de nuevos alimentos, para lo que probaban las especies botánicas que les ofrecía su tierra. De ese modo, podían comprobar si eran o no comestibles. En el primer caso,  también les servía para tomar conciencia de los efectos que producían estas plantas, que se empezaron a usar para propósitos curativos. En el segundo… ¡mala suerte!

Sin embargo, como todos sabemos, hace ya algunos siglos que la razón se autoproclamó jefa suprema del planeta Tierra y, de la mano del capital y la tecnología, cortó el presupuesto para cualquier tipo de experimento en nuestra sociedad. El Ministerio de la Medicina fue a caer en manos de las empresas farmacéuticas y nosotros fuimos abandonados en las frías calles de las grandes ciudades, lejos de nuestras raíces y sometidos al régimen de la única medicina válida: la institucional. Los seres humanos no solo olvidamos el valor de las plantas, sino también – desgraciadamente- su sabor.

Photo by Pablo F. J.
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Los tomates, las lechugas, las berenjenas… tenían que viajar durante horas y horas hasta llegar a nuestros bosques de asfalto. Además, su buen aspecto era condición necesaria para lograr llegar a su destino. Si los tomates no eran suficientemente redondos, entonces… ¡adiós al sueño de llegar a un supermercado para poder convertirse en gazpacho algún día! Los seres humanos estábamos imponiendo a nuestras verduras formas y colores que no les eran propios. Hasta que, poco a poco, empezaron a escucharse voces disidentes. Al principio parecían muy lejanas, pero lo cierto es que cada vez se van escuchando más y más.

Actualmente hay cada vez más personas que se han pasado al consumo ecológico local. Los productos locales son más frescos, porque se evitan las largas distancias en los congeladores y con estas se reducen también las emisiones de CO2. Además, esta forma de consumo es una manera de evitar la desaparición o el desperdicio de productos que no interesan a los supermercados, así como una forma de recuperar nuestra relación con la tierra.

Photo by Victoriano Rivero
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Pero… ¿cómo satisfacer esta necesidad de productos locales en las grandes ciudades? Para eso se están desarrollando propuestas como la agricultura vertical, que pretende ampliar los espacios de cultivo… ¡en forma de rascacielos! Se trata de una idea que todavía puede parecer utópica, pero lo cierto es que hay bastantes personas luchando por hacerla realizable. Los que defienden este concepto de agricultura en edificios afirman que sería más productiva que la tradicional, al estar mucho más controlada (temperatura, nutrientes, humedad…). Otras ventajas serían un mayor aprovechamiento del agua y una menor exposición a las variables climáticas. Además, no hay duda de que a nuestras ciudades no les vendría mal un poquito más de verdor.

Desgraciadamente, la arquitectura vertical también tiene inconvenientes. El más importante es el problema de la luz: cuando las plantas crecen en el interior de los edificios, esta no llega de forma uniforme, por lo que las cosechas no son homogéneas. Por eso, se necesita una iluminación artificial, lo que constituye un gasto enorme de energía. Pero… un momento… ¿no había hablado Mancuso de la capacidad de las plantas de cambiar su posición en función de la luz? Y… ¿si empezamos a encerrar a las plantas como lo hemos hecho con nosotros, acaso no les estamos robando sus capacidades? La cuestión es ahora distinguir si la arquitectura vertical es realmente la solución o simplemente un paso más en nuestra alienación.

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¿Se puede decir que las plantas son inteligentes? Para Stefano Mancuso la respuesta está clara. En su obra “Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal” dice que no hay diferencia entre la inteligencia de los animales y la de las plantas. Es un problema de definición. Si la inteligencia es saber resolver problemas, entonces está claro que las plantan no tienen esta capacidad. Vamos a ver algunos ejemplos que utiliza el autor para defender su teoría:

Cuando las plantas no encuentran un nutriente o el agua, ¿dejan de crecer? ¡No! La raíz detecta el obstáculo y cambia su dirección para crecer. Esto significa que las plantas tienen sentido del tacto. También se podría decir que poseen olfato, porque con los olores entienden la información del entorno. También usan el olfato para comunicarse entre ellas y con los insectos. El autor habla de una lengua vegetal: los olores de las distintas plantas (como el romero, la albahaca, la menta o el cilantro) son como las palabras para nosotros.

¿Y qué pasa con el sentido de la vista? Parece que también lo tienen. Aunque las plantas no tienen ojos, pueden modificar su posición para encontrar la luz.

Pero hay más sorpresas. Además del tacto, el olfato y la vista, Mancuso habla también del oído. Él entiende que las frecuencias sonoras (sobre todo las bajas) son positivas para el crecimiento de las plantas. Sin embargo, el género musical (en contra de lo que piensa mucha gente) no afecta a su crecimiento.

Uno, dos, tres, cuatro… Un momento, todavía falta un sentido: ¡el gusto! Es verdad que muchas plantas no tienen este sentido. Pero… ¡existen unas 600 especies de plantas carnívoras en todo el mundo!

Además de tener cinco sentidos, las plantas también tienen otros comportamientos similares a los de los animales. Por ejemplo, al dormir. Cuando duermen, muchas cierran sus hojas o las ponen en una posición distinta. Como con los animales, cuando se hacen mayores, necesitan dormir menos.

Sin embargo, lo más sorprendente es el comportamiento familiar de las plantas. Cuando una planta es de la misma familia que otra, entonces no produce tantas raíces para marcar el territorio. Otro ejemplo de relaciones familiares es, por ejemplo, si una planta no tiene autonomía, entonces las plantas vecinas del mismo clan le dan los nutrientes necesarios a través de las raíces. ¿Boquiabiertos?

¡Pues no tenemos que abrir la boca, sino los ojos! Este es el mensaje principal del autor: deberíamos valorar más las plantas, ya que pueden ofrecer muchas soluciones a nuestros problemas.

Claro está que la relación entre las personas y el mundo vegetal ha cambiado mucho a lo largo de la historia y que, además, cambia entre culturas. Pero si observamos un poquito el entorno urbano europeo es evidente que no conocemos casi nada sobre estos temas.

Vamos a imaginar algo tan simple como un paseo en bicicleta un domingo de mayo. No tenemos que ir muy lejos, solo salir a la calle y respirar un poquito de aire puro. ¿Quién de nosotros es capaz de decir el nombre de las plantas que ve en el camino? Y… ¿cuántas de ellas? ¿Y de sus propiedades? Es verdad que hoy en día muchos conocemos algunos remedios caseros naturales, pero son muy pocos. Por otra parte, ¡han cambiado mucho los tiempos desde que nuestros antepasados descubrieron que las plantas tienen propiedades medicinales! Nuestros antepasados buscaban las plantas que les ofrecía su tierra. Tenían que comprobar si eran comestibles o no. También comprobaban si podían servir para curar algunas enfermedades. Todo esto, a base de prueba y error.

Lamentablemente, hace tiempo que el capital y la tecnología son más importantes en la actualidad. El Ministerio de la Medicina está en manos de las empresas farmacéuticas y nosotros ya no vivimos en el campo, sino en las calles de las grandes ciudades. Hoy en día la única medicina válida es la institucional. Hemos olvidado el valor medicinal de las plantas y también su sabor.

Los tomates, las lechugas, las berenjenas… tienen que viajar durante horas y horas hasta llegar a nuestras ciudades. Además, tienen que ser bonitos. Los seres humanos imponemos a nuestras verduras formas y colores que en realidad no tienen.

También es cierto que actualmente hay cada vez más personas que prefieren el consumo ecológico local. Los productos locales son más frescos y cercanos, por eso se reducen también las emisiones de CO2. Además, esta forma de consumo es una manera de evitar la desaparición o el desperdicio de productos que no interesan a los supermercados, así como una forma de recuperar nuestra relación con la tierra.

Pero… ¿cómo satisfacer esta necesidad de productos locales en las grandes ciudades? Para eso se están desarrollando propuestas como la agricultura vertical. La agricultura vertical quiere ampliar los espacios de cultivo… ¡en forma de rascacielos! La idea es todavía un poco utópica, pero hay bastantes personas luchando por ella. Los que defienden este concepto de agricultura en edificios dicen que sería más productiva que la tradicional, porque estaría mucho más controlada (temperatura, nutrientes, humedad…). Otras ventajas serían aprovechar más el agua y una menor exposición a las variables climáticas. Además, estaría bien para las ciudades tener más superficie verde.

Desgraciadamente, la arquitectura vertical también tiene inconvenientes. El más importante es el problema de la luz: cuando las plantas crecen en el interior de los edificios, la luz no llega de forma uniforme, así que las cosechas no son homogéneas. Por eso, se necesita una iluminación artificial, y esto significa un gasto enorme de energía. Pero… un momento… ¿no habla Mancuso de la capacidad de las plantas de cambiar su posición en función de la luz? Y… ¿si encerramos a las plantas como lo hemos hecho con las personas, no les estamos robando sus capacidades? La cuestión es ahora diferenciar si la arquitectura vertical es realmente la solución o simplemente un paso más en nuestra alienación.

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