Me siento afortunada porque vivo con muy poco dinero. Me siento afortunada porque aunque vivo con poco dinero, no tengo ganas de robar a nadie. Sí que le daría un par de bofetadas bien dadas, uno por uno, a todos los que han robado dinero público (hablo de mi país, España). Claro que si me dedico a dar un par de bofetadas a todos los que han robado, acabo, seguro, con una fractura en la muñeca, con la mano roja, sudando. Y necesitaría mucho tiempo. Seguramente un mes, y sin dormir.

Me siento afortunada, porque no entiendo qué puede haber en la cabeza de una persona que tiene un sueldo al mes, que tiene seguramente una casa, y es posible que una segunda en la que pasar los veranos, y aun así quiere más. Bueno, no hay nada de malo en querer más, pero si ese „más“ no te pertenece, es de otro, y de otro que lo necesita. No lo entiendo.

Me parece que hay una especie de perversión en la mente de algunas personas. La misma palabra lo dice: corrupto, que quiere decir algo así como sucio.

Quizá todos somos un poco corruptos. Me decía el otro día un amigo que a nuestra manera nosotros (el pueblo llano, tú y yo y nuestro vecino) también somos corruptos, o lo hemos sido. Os voy a poner un ejemplo: la madre o el padre manda al hijo a comprar el pan, el hijo va a comprar el pan, el niño de 10 años, un ser inocente. La madre le da cinco euros, el pan vale dos. El niño vuelve a casa con la barra de pan. Le entrega la barra al padre o la madre y, sin decir nada, haciéndose el despistado, se queda con el cambio. Si hay suerte, la madre se olvida de pedirle el cambio. Y esos tres euritos plus que se habrá ganado de semanada. Pero qué remedio, ¡si con lo que le dan no le llega! ¿Quién es el corrupto aquí? Pues el niño de 10 años, y el cabrón del panadero, que por una barra cobra 2 euros.

No sé si todo el mundo piensa igual. Lo que sí sé es que cuando mi amigo me puso el ejemplo del pan me acordé inmediatamente de cuando yo también lo hacía.

Pero también recuerdo cuando mi hermana fue a comprar pan una vez y, al volver a casa, le contó a mi madre que le habían dado de más al devolverle el cambio. Mi madre obligó a mi hermana a volver a la panadería y dar el dinero de más que le habían dado. Ahora mismo me pregunto si mi hermana volvió a la panadería o… ya sabéis como acaba la historia.

Pero me siento afortunada por no tener las armas con las que robar. Ni la ambición de querer más y más dinero. Hombre, no me quejaría si en lugar de una habitación pudiera tener un piso para mí sola. Pero prefiero esta habitación, que un yate robado. Me parece que no todo el mundo piensa como yo. Tonta, deben pensar algunos. Y mentirosa, deben pensar otros. Arrogante, pienso yo. Parece que quiero dar una lección con mi forma de actuar. Seguid mis pasos, viviréis mejor. Tú tía.

El poder corrompe. Y eso es algo que nunca dejaré de pensar. El sistema está formado de tal manera que los que roban, salen indemnes. ¿Por qué? Pues porque el sistema lo organiza el corrupto. Corruptos son todos. Los que roban y los que no. El que no roba también roba, porque tiene un sueldo que no se merece.

En cualquier caso, seguid su ejemplo. Quitaos vuestros escrúpulos de encima. Robad, que la vida os irá mucho mejor. Y cuando seáis los ladrones más expertos, buscad un lugar en el gobierno, seguramente acabaréis gobernando un país, por ejemplo España.

Y me despido con una frase muy ocurrente que me dijo una vez un buen amigo: lo bueno de ser español es que te obliga a tener sentido del humor.

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Anna Taules
Anna Taulés estudió Filología Hispánica en Barcelona, ciudad en la que nació, creció y vivió hasta hace poco. Actualmente vive en Berlín. Tiene 35 años y se dedica a la música y a la escritura entre otras cosas.